—¡Jovita, por el amor de Dios, reacciona!
Adrián Zamora soltó un largo y profundo suspiro.
—Todo ya está decidido. Por mucho que patalees, no vas a cambiar la realidad.
—¡No! —gritó Jovita con la voz ronca y desgarrada—. ¡Me niego a aceptarlo! ¡Es injusto!
—Aquí no se trata de justicia —replicó él—. Es un hecho y tienes que aceptarlo.
De pronto, Jovita estrelló la nuca con fuerza contra la pared.
—¡No! ¡Jamás lo dejaré ir! ¡Noel es mío! ¡Tiene que ser mío!
A Adrián se le encogió el corazón de pena y hartazgo.
La jaló del brazo obligándola a levantarse.
—¡Abre los ojos de una vez! ¡¿Entiendes?!
Pero en respuesta, Jovita le cruzó la cara con una fuerte bofetada.
Durante todos los años en la familia Zamora, Adrián había recibido innumerables golpes.
Golpes de su padre, Arturo Zamora.
Golpes de Dora de Zamora.
A pesar del profundo asco que le daba sentir su dignidad pisoteada, nunca se había defendido.
Pero esta bofetada de Jovita provocó en él un rechazo visceral.
Lejos de calmarse, Jovita lo señaló con el dedo, gritando histérica:
—¡No me ayudas porque en el fondo estás enamorado de mí! ¡Odias que yo esté enamorada de él y le tienes envidia! ¡¿Acaso no es cierto?!
Los dedos de Adrián se cerraron formando un puño.
Sin darse cuenta de la reacción de su hermano, Jovita alternaba entre lágrimas y risas desquiciadas.
—¿Cuál es la diferencia entre tú y yo, al fin y al cabo?
»¡No hay ninguna!
»Ambos amamos profundamente a alguien que no podemos tener.
»Deberías entender mi dolor. ¡Deberías sentir mi sufrimiento!
»Si de verdad me quisieras, me ayudarías, tú...
¡Plaf!
El sonido nítido resonó en la habitación. Adrián le había devuelto la bofetada.
Jovita quedó en shock, con los ojos muy abiertos.

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