No solo Zulema se quedó sin habla, sino que la propia Nanette también.
¿Así de repente?
¿O acaso ya lo tenía planeado desde antes?
Zulema tardó bastante en reaccionar.
Venancio sonrió.
—¿Te quedaste pasmada?
La joven cerró la boca que había mantenido abierta por el asombro.
—¿Me... me estás hablando en serio?
—¿Qué crees tú?
El corazón de Zulema se desbocó y empezó a balbucear.
—Tú... ¿tú no habías dicho que... que no querías casarte?
—Los tiempos cambian —replicó él.
Zulema seguía sin poder creerlo.
—No estarás bromeando, ¿verdad?
Venancio esbozó una media sonrisa.
—¿Frente a toda esta gente? Me lincharían por canalla —hizo una pausa—. Pero, como no tengo un anillo de compromiso, quería saber tu opinión primero.
Zulema se colgó de su cuello sin pensarlo dos veces.
—¡No tienes que preguntar nada! ¡Sí acepto! ¡Claro que acepto!
Venancio iba a rodearle la cintura con sus brazos, pero ella salió corriendo.
—¡Señora Nanette!
—¿Qué pasó? —rio Nanette.
—Ese... —Zulema señaló el anillo en la mano de Nanette—. ¿Me lo prestas un segundito? Te lo devuelvo enseguida.
Nanette entendió de inmediato.
Volteó a ver a Noel.
La mirada de él estaba cargada de un cariño absoluto y exclusivo para ella.
Nanette se quitó el anillo.
Zulema le plantó un sonoro beso en la mejilla y regresó a toda prisa al lado de Venancio.
—Toma.
Venancio la miró boquiabierto.
—¿Y esto qué significa?
—Como no compraste un anillo, aquí tienes uno. Úsalo para proponerme matrimonio.

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