Isaac y Hugo contemplaban al bebé como si estuvieran frente a la joya más valiosa de la humanidad. Tenían expresiones de asombro y fascinación.
Hugo, siempre tan directo, soltó sin anestesia:
—Señor, ¿por qué el pequeño heredero se ve un poco feito?
Isaac le dio un codazo.
—¡Oye! ¿Qué te pasa? ¿Cómo se te ocurre decir que nuestro señorcito es feo?
—Pero es la verdad... mira, está todo arrugado. Parece un viejito en miniatura.
—Leí en la Enciclopedia para el Embarazo que compró el señor, que los recién nacidos son así. En un par de días se pondrá bonito.
—Ah, con razón.
Isaac le dio un ligero golpe en la cabeza.
—Si no sabes, no hables. Un hijo de nuestro señor y la señora nunca podría ser feo.
Hugo volteó a ver de reojo a Nanette.
—Bueno... tienes un buen punto.
Nanette no pudo aguantar la risa.
La pureza y la lealtad que emanaban esos dos era refrescante. Noel había hecho un excelente trabajo criándolos.
De pronto, Isaac preguntó:
—Señor, ¿cómo se llama el bebé?
—Aarón —respondió Noel.
Hugo se rascó la barbilla.
—¿Aarón?
—Significa luz y fortaleza, un nombre que atrae la paz y las bendiciones para toda la vida —explicó Noel con naturalidad.
Hugo abrió los ojos de par en par.
—Oh... El señor siempre es muy culto para estas cosas.
Nanette soltó una carcajada.
—El nombre no se lo puso tu jefe, fue Venancio.
Hugo parpadeó, sorprendido.
—Entonces... ¿todos los nombres que el señor pasó meses buscando no sirvieron de nada?
Nanette se quedó inmóvil y miró fijamente a Noel.
—¿Tú también habías buscado nombres?
Noel, quien estaba pelando una manzana con un cuchillo, no levantó la vista y dijo en tono relajado:
—Sí, en mis ratos libres se me ocurrieron algunos.
La culpa asaltó a Nanette.
—Debí consultártelo primero.
—No hace falta. Tú eres quien decide. Además, fue Venancio quien se lo puso, así que está bien.
Isaac quiso tocar al bebé con un dedo, pero Hugo le dio un manotazo.
—¡No lo toques! Tienes las manos sucias.
—¡Ah, cierto! Voy a lavarme —dijo Isaac corriendo al baño.
—Aunque te laves, no puedes tocarlo, lo vas a romper —le advirtió Hugo, muy serio.

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