—Pensaba que, al tener a la mujer que amo, a mi hijo y a mis hermanos incondicionales, si mi vida realmente se hubiera detenido en ese instante, habría valido la pena.
Nanette frunció el ceño.
—¡No digas esas cosas tan espantosas!
Noel sonrió con suavidad.
—Solo decía «y si».
—¡No hay «y si»! —El corazón de Nanette dio un vuelco—. Noel, no vuelvas a decir eso. Si lo haces, me enojaré en serio.
—Está bien, está bien. No lo diré más.
Noel iba a bromear un poco, pero al captar el fugaz destello de pánico en la mirada de ella, sintió una punzada en el pecho.
¿Cómo había podido olvidarlo? Ella había perdido demasiadas cosas en su vida, por lo que aquellas palabras eran su mayor temor.
Ahora que por fin le había abierto su corazón, entregándose a él por completo y confiando plenamente en su amor, no debió haber tocado un tema tan sensible.
Lleno de culpa, buscó la manera de alegrarla.
—Xavi y Venancio ya le han dado regalos a nuestro bebé. ¿No crees que yo también debería darle uno?
Nanette se tranquilizó, sonrió y extendió la mano.
—Me parece perfecto. Dámelo.
Apenas terminó de hablar, una caja cuadrada aterrizó en la palma de su mano.
Noel acercó los labios casi hasta rozarle la oreja.
—Ábrelo.
El corazón de Nanette se aceleró de pronto.
Al destapar la caja, un anillo resplandeciente apareció ante sus ojos.
Era un Anillo de diamante púrpura-rosado de más de diez quilates, una auténtica rareza.
Entre las joyas que Guillermo Larco le había dejado, abundaban los diamantes, pero encontrar uno con un color tan intenso y singular era sumamente difícil.
Nanette se quedó contemplando la joya por un buen rato.
Realmente era precioso.
Si lo llevaba puesto, seguramente deslumbraría a más de una.
Se lo probó.
La talla era exacta.
Al parecer, había sido hecho a su medida.
—Es hermoso —dijo Noel.
Nanette soltó una risita.
—¿No dijiste que era un regalo para el bebé?
Noel tomó su mano, acariciándole el dorso suavemente con el pulgar.


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