Galileo le murmuró un par de indicaciones al oído.
Silvio salió apresuradamente.
Camila se sirvió una copa de vino y se la bebió de un solo trago.
—¡Galileo Godoy! Yo soy técnica en sistemas, ¡no me dedico al trabajo sexual! En el club Cúpula Noir sobran mujeres de compañía, ¡¿o acaso lo haces para ahorrarte unos pesos, maldita sea?!
Galileo llevó un cigarrillo a sus labios, lo encendió y dio una profunda calada.
Luego, acercó el cigarrillo a los labios de Camila.
Ella lo tomó entre los suyos.
—Será un viejo libidinoso, pero tiene el capital que necesitamos. Era cuestión de cerrar los ojos y aguantar un poco.
—¡Vete a la mierda! ¡Por qué tengo que aguantar! Si las cosas van a ser así, renuncio, ¡Galileo! ¡Eres una escoria! ¡Un miserable que usa a las mujeres como juguetes!
Galileo se recostó en la silla, mirándola con cierta actitud provocadora.
—Sabía que terminarías golpeándolo, por eso no me metí. Si no lo hubieras hecho, no serías Camila Mancilla.
Camila le lanzó el cigarrillo directo al cuerpo.
La brasa cayó sobre su camisa hecha a medida, quemando un hoyo en la tela.
Si Galileo no hubiera reaccionado rápido, le habría quemado la piel.
Frunció el ceño visiblemente.
—¡¿Qué te pasa hoy?! ¡¿Te tragaste un explosivo o qué?!
Camila lo miró de reojo.
—Fui a ver a Nanette.
Galileo se quedó helado un instante.
—¿Y por qué el repentino interés en ir a verla? ¿No se suponía que no se soportaban?
—Ya dio a luz. Fue un niño.
Solo que ella no había llegado a ver el rostro del bebé.
No porque no quisiera.
Sino porque no se atrevía.
Temía que al verlo, sus propios recuerdos dolorosos la atormentaran.
Camila decidió herirlo a propósito.
—Es una lástima, no es tu sangre, Galileo.
Galileo mordió el anzuelo al instante.
—Te advierto que no pongas a prueba mi paciencia.
Camila sonrió de forma desafiante.
—¿Te vuelve loco, verdad? Tu exesposa quedó embarazada, tuvo un hijo, y tú no tienes nada que ver.

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