Galileo resopló con absoluto desdén.
—¿Ella? ¿Qué motivos tan graves podría tener?
Camila soltó una risita sarcástica.
—Galileo, de verdad que no ves más allá de tus narices.
Él ya estaba harto de tantas indirectas.
—¡¿Qué es lo que quieres decir?!
Camila hizo una pausa.
—Solo te sugiero que vayas a verla. Podrías llevarte una sorpresa.
—¿Una sorpresa? ¿De qué hablas?
—No lo sé. Fue solo un comentario.
Galileo levantó la mano y le dio un pequeño golpe en la frente, como a modo de castigo.
—No dirías algo así sin razón. ¿Por qué no hablas claro de una buena vez?
Camila guardó silencio por un momento.
—Te haré una pregunta.
—Habla.
—Estuviste con Irene todos estos años... ¿Nunca pensaste en tener un hijo con ella?
Galileo frunció el ceño.
—¿Acaso no sabes que padezco de infertilidad?
—Pero si no tuvieras esa condición, ¿hubieras querido que te diera un hijo?
Galileo lo meditó por un par de segundos.
—No.
La mirada de Camila, un tanto fría, se clavó en su rostro.
—¿No la crees digna de ti?
Galileo cambió el rumbo de la conversación.
—Sin embargo, si se hubiera embarazado por accidente, obvio que me habría quedado con el niño.
—¿Y ella? ¿Le quitarías al niño y la echarías a la calle?
—¿Tú realmente crees que una mujer como ella podría ser la señora de la familia Godoy?
***
Camila se emborrachó.
Últimamente, ese era su estado natural.
Constantemente buscaba refugio en el alcohol.
Galileo observó a la mujer recostada en el sofá, con el rostro enrojecido, y llamó a Silvio con expresión indiferente.
—Presidente Godoy —informó Silvio—, ya me disculpé con el señor Heredia en su nombre y le asigné a las mejores chicas del club Cúpula Noir.
Galileo asintió, satisfecho.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: No recogí amor basura: divorcio embarazada, el CEO me coronó