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No recogí amor basura: divorcio embarazada, el CEO me coronó romance Capítulo 975

Siempre era así cuando trabajaba.

Al ver que se quitaba los auriculares, Nanette supuso que la reunión había terminado.

Se acercó a él, le rodeó el cuello con los brazos y se sentó sobre sus piernas.

—¿Ya terminaste tu junta?

La expresión de Noel se tensó por una milésima de segundo, pero recuperó su compostura de inmediato. Tomó una manta ligera que estaba a su lado y la envolvió en ella.

—¿Ya terminaste de bañarte?

—Sí. ¿Tú no te vas a duchar?

—Más tarde —respondió, esbozando una sonrisa.

Nanette comenzó a juguetear con el lóbulo de su oreja.

Era tan suave y agradable al tacto.

—¿Todavía tienes trabajo?

—Sí.

—Si estás tan ocupado, ¿por qué no te fuiste a la oficina?

—Quería pasar más tiempo contigo.

—Te comportas como esos reyes que descuidan el reino por quedarse con su reina —le recriminó juguetonamente.

Él sonrió con devoción.

—¿Acaso los reyes que descuidan el reino siguen haciendo videollamadas de trabajo mientras consienten a sus esposas?

Los ojos de Nanette brillaron.

—Tienes razón.

Le sostuvo el rostro entre las manos.

—Ya que nuestro señor Cortés es tan dedicado y trabajador, ¿no crees que me toca darte un premio?

La sonrisa de Noel se iluminó.

—¿Y cómo piensas premiarme?

—Mmm... —fingió pensarlo por unos segundos—. ¿Qué tal un beso lleno de pasión?

La sonrisa de él se ensanchó aún más.

—¿Estás segura?

—¿Acaso no lo quieres?

Noel lanzó una mirada fugaz a la pantalla de la computadora, incapaz de ocultar la enorme sonrisa que cruzaba su rostro.

Al notar que su actitud era algo extraña, Nanette giró la cabeza para ver qué miraba.

Lo que vio la hizo querer que la tierra se la tragara.

En la pantalla, varias personas la observaban con los ojos muy abiertos; parecía que estaban a punto de saltar a través de la pantalla.

La vergüenza la invadió por completo y escondió el rostro en el cuello de Noel.

Él la sujetó de la cintura con una mano mientras con la otra movió el ratón y cerró la videollamada.

—¡¿Por qué no me lo dijiste antes?! —le reclamó a media voz.

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