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No Ruegues, No Sirve romance Capítulo 1

Después de despedir a los últimos invitados del funeral, ya eran las diez de la noche.

Julia Silva arrastró sus pies pesados hasta la casa y lo primero que vio en la entrada fueron esos zapatos.

Su esposo, quien había estado desaparecido durante siete días, había vuelto.

Su padre falleció de manera repentina; todo ocurrió en apenas tres días. Durante ese tiempo, ella llamó a German Zamora más de cincuenta veces, pero cada llamada se perdió en el vacío.

De no haber sido por la ayuda de amigos y familiares entre el hospital, la funeraria y el entierro, ella jamás habría podido soportarlo.

En ese momento, la ropa de Julia aún conservaba el olor a cera y flores de difunto, contrastando fuertemente con el aroma a cedro que perfumaba la casa.

Con el rostro agotado, dejó su bolso en el mueble, se puso las pantuflas y caminó hacia el interior.

En la sala, el hombre estaba recostado junto a la ventana, hablando por teléfono.

Julia se quedó inmóvil en el pasillo, observándolo. La voz del hombre era baja y una ligera sonrisa se asomaba en sus labios.

Una sonrisa amarga apareció en el rostro de ella. «Así que tu teléfono sí funcionaba. Llegué a pensar que lo habías perdido».

Estaba tan agotada que ni siquiera tenía ganas de hablar, y mucho menos de reclamarle por qué había desaparecido.

Ya no importaba.

Si en un principio decidió casarse con él, fue precisamente por los contactos médicos que él manejaba. Pero ahora que su padre ya no estaba, esas cosas ya no le servían de nada.

Ese matrimonio de apariencias había durado tres años, y ya había llegado a su fin.

Ahora mismo, lo único que quería era subir, darse un baño y dormir profundamente.

Al levantar el pie y pisar el tercer escalón, escuchó su voz desde atrás.

—¿Dónde estabas? ¿Por qué llegas tan tarde?

Había reproche en su tono.

Julia siempre había sido una mujer de rutinas. No le gustaba salir con amigos; salía del trabajo e iba directo a casa, viviendo únicamente para su esposo y la cocina.

Incluso cuando su padre fue hospitalizado, ella se aseguraba de dejar todo listo antes de que German volviera del trabajo.

Las pantuflas perfectamente alineadas en la entrada, las camisas impecablemente planchadas en el armario, el incienso encendido en el estudio antes de las nueve y su taza de té lista.

Hizo todo eso solo para ganar tiempo y salvar a su padre, pero ¿de qué sirvió?

El doctor especialista que ya tenían programado fue enviado de urgencia a Alemania por orden de German.

La realidad es que el estado de su padre no empeoró de la nada, siempre fue crítico, pero German priorizó el otro asunto sin siquiera consultarlo con ella.

Julia detuvo sus pasos, pero no dijo nada.

El hombre le cortó el paso y la tomó suavemente de los hombros.

—Mira, apenas terminé de resolver todo, me vine volando para acá.

«Volando».

—¿Entonces debería darte las gracias? —preguntó Julia.

¿Darle las gracias porque, después de acompañar a Sofía durante siete días, se dignó a regalarle un regreso «volando»?

Al ver su actitud, German frunció el ceño con impaciencia.

—¿Qué te pasa hoy? Estás hablando con puro sarcasmo. Ya te expliqué las cosas, ¿por qué te pones en ese plan?

¿En ese plan?

A Julia de pronto le dieron ganas de reír.

Su padre llevaba tres días muerto, ya había organizado el funeral, despedido a los invitados... Una tragedia de esa magnitud y él no se había enterado de absolutamente nada.

Y eso que el hospital donde estaba su padre pertenecía al conglomerado de los Zamora.

Aunque su matrimonio se mantenía en secreto, incluso si él no lo sabía, ¿dónde estaba el asistente que le resolvía la vida entera?

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