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No Ruegues, No Sirve romance Capítulo 124

—Sin embargo, por miedo a que la chica quedara marcada y para proteger su reputación, mi madre no hizo ninguna declaración pública al respecto.

»Nunca imaginó que Gisela seguiría usando su nombre para hacer de las suyas. Cuando salió a la luz lo que te hizo, mi madre se cuestionó profundamente si había tomado la decisión correcta.

»Siente que, si hubiera expuesto la verdadera cara de Gisela a tiempo, tú no habrías tenido que pasar por todo ese calvario.

Julia jamás habría imaginado que la gran maestra guardara ese peso en su corazón.

Se detuvo por completo y lo miró a los ojos.

—Doctor Perea, cuando uno decide entrar en una competencia, debe estar preparado para enfrentar la envidia y la maldad de los demás. Desde el momento en que me inscribí, supe que no sería un camino fácil.

»Ser blanco de mentiras y complots es el precio que se paga por competir al más alto nivel. No es justo que otras personas se atormenten con culpas que no les corresponden.

»Buscaré el momento adecuado para hablar con la maestra Patricia. No quiero que siga cargando con ese pesar por mi culpa.

Las palabras de Julia fueron suaves y sosegadas, pero había en ellas una lucidez y una fortaleza tan contundentes que sacudieron algo en el pecho de Rafael.

Ante la injusticia y las trampas, ella no se había quejado amargamente.

Había enfrentado todo con una frialdad y una resolución admirables.

E incluso ahora, era capaz de analizar la situación con total empatía y sensatez.

Bajo la luz tenue de los faroles de la calle, ella emanaba una madurez y una claridad que él rara vez había visto.

No dudó en elogiarla.

—Tus palabras dan en el clavo, Julia. En lugar de lamentarse después de la tormenta, es de sabios anticiparse a los riesgos. Tienes toda la razón.

Julia asintió, regalándole una leve sonrisa.

—Exactamente. Lo ha resumido a la perfección.

Llegaron al área de estacionamiento.

Julia intentó tomar las carpetas, pero Rafael se negó a soltarlas.

Le hizo un gesto para que abriera la puerta del auto y él mismo colocó los documentos con cuidado en el asiento.

Justo en ese momento, en la curva de la calle, un automóvil oscuro se acercaba lentamente.

En el asiento trasero, German Zamora estaba concentrado en su tablet.

Al volante, Cristián Casas, por razones que German no comprendió, pisó el freno de golpe.

Rafael la observó, de pie junto a su auto, y tras una breve pausa, murmuró:

—Que tengas un buen camino a casa, Julia. Ve con cuidado.

—Igualmente —respondió ella.

Julia subió a su auto, encendió el motor y se alejó en la oscuridad.

Rafael se quedó de pie, observando la dirección en la que había desaparecido, hasta que finalmente reaccionó y caminó hacia su propio vehículo.

Dentro del auto oscuro...

German había presenciado toda la escena, incluyendo la mirada embelesada del otro hombre cuando ella se marchó.

Julia le regalaba sus sonrisas más radiantes a todo el mundo... a todos, excepto a él.

La pantalla de su tablet seguía encendida y la voz de los ejecutivos sonaba por el auricular.

Tras unos largos segundos, German pareció volver a la realidad.

—Conduce —ordenó, con una voz tan gélida que helaba la sangre.

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