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No Ruegues, No Sirve romance Capítulo 14

No solo elevaría su destreza en el diseño al siguiente nivel, sino que le daría a su marca una validación insuperable.

La voz de Adrián sonaba suave al otro lado de la línea: —¿Alguna vez te he mentido?

Hizo una pausa y luego añadió: —He coincidido un par de veces con el Dr. Galán. ¿Quieres que yo...?

—No —lo cortó Julia de tajo, entendiendo perfectamente lo que le iba a proponer—. No hace falta. Quiero intentarlo por mi cuenta.

Adrián soltó una pequeña risa, como si ya supiera que esa sería su respuesta. —Me imaginé que dirías eso.

Con artistas de ese calibre, intentar usar contactos para colarse por la puerta trasera solía resultar contraproducente.

Si quería que Aura Sempiterna fuera reconocida, primero tenía que brillar con luz propia.

Julia respiró hondo, abrió la página web de inscripción y llenó todos los datos requeridos.

El cursor se quedó congelado sobre el botón de «Enviar» un par de segundos, hasta que finalmente dio el clic definitivo.

Pasara lo que pasara, dejaría el alma en el intento.

***

Eran las nueve de la noche cuando por fin llegó a Bahía Serena.

Arrastrando su cuerpo exhausto, estacionó el auto. Al acercarse a la puerta de entrada, distinguió una silueta apoyada contra su vehículo. La chispa roja de un cigarrillo brillaba en la oscuridad.

El humo se disipaba lentamente, acentuando los rasgos imponentes del hombre y dándole un aura de frialdad y fastidio.

Al escuchar sus pasos, el hombre pisó la colilla del cigarrillo. Giró la cabeza y clavó su mirada en ella.

—¿Trabajando hasta tan tarde?

Quizás por el humo, su voz sonaba áspera. Un mechón de cabello le caía sobre la frente; parecía llevar un buen rato esperándola.

Julia no le siguió el juego y fue directa: —¿Qué haces aquí?

German dio un paso hacia ella. —¿Qué pasa? ¿Acaso no puedo venir?

Esa maldita costumbre suya de hablarle con un tono de arrogancia y superioridad encendió la furia de Julia al instante.

Lo miró con frialdad. —¿Ya firmaste los papeles?

—No tengo pantuflas de sobra. Como mañana viene la señora de la limpieza, entra así. Estás en tu casa.

German murmuró un «mjm» y, mientras Julia entraba a la sala, él bajó la mirada, revisando de reojo el mueble de los zapatos en el vestíbulo.

Todos eran zapatos de mujer, del estilo que ella solía usar. Nada más.

—¿Agua o café?

—Agua está bien.

La casa tenía un diseño bastante moderno y elegante. A través del enorme ventanal de la sala, se podía ver el jardín exterior tapizado de enredaderas.

German barrió el lugar con la mirada de manera disimulada: el vestíbulo, la sala, las escaleras.

Al comprobar que no había el más mínimo rastro de que un hombre viviera allí, se acomodó relajadamente en el sofá. Su mirada oscura se posó en ella, y su tono de voz se volvió inquisitivo: —Esta casa... ¿la compraste tú?

Julia dejó el vaso de agua frente a él con evidente mal humor. —Si no has firmado el acuerdo de divorcio y todavía no he recibido un solo peso, ¿de dónde crees que voy a sacar para comprar una casa así?

Ante esa respuesta cargada de hostilidad, German no se inmutó. Levantó el vaso, la miró de reojo y soltó el dardo: —Entonces, ¿quién te la dio? ¿Adrián Silva?

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