Temiendo que su jefe estallara de furia por el hambre, Cristián se apresuró a pedir una sopa de mariscos y un par de guarniciones del exclusivo restaurante El Mesón Real.
***-
Cuando German llegó a casa, ya eran las nueve de la noche. La mansión estaba completamente a oscuras, sin un solo rastro de luz.
Mientras caminaba, se aflojó la corbata y dejó el saco sobre el mueble de la entrada.
Sin luces encendidas, el único sonido era el eco de sus zapatos.
Frunció el ceño y encendió el interruptor. Esa sensación de vacío y frialdad lo incomodó muchísimo.
Antes, incluso cuando él salía de viaje, ella siempre dejaba una lámpara encendida en la casa.
Ella sabía que él detestaba la oscuridad.
Miró a su alrededor. La isla de la cocina estaba vacía, sin la fruta fresca que siempre le preparaba. Abrió el refrigerador y no había nada de comida.
Sacó su celular y buscó el contacto de Julia. Su nombre estaba guardado con su apodo de redes, y junto a él, había un pequeño icono de silencio.
La última conversación era de hacía tres días.
Había un montón de llamadas canceladas, mensajes preguntándole por qué no contestaba, pidiéndole que volviera a casa y cuestionándole cuándo programaría la cirugía.
Como el estado del señor Santana era delicado en ese momento, German no tuvo paciencia para lidiar con lo que él consideró caprichos de su esposa.
Él ya había revisado el historial médico del padre de Julia; su condición siempre fue estable, así que no había prisa.
Si subía un poco más en el chat, todos los mensajes eran de ella hablando sola.
Le compartía los resultados de una entrevista de trabajo, le mandaba fotos de las rosas del jardín, le preguntaba qué fruta se le antojaba, le recordaba abrigarse en sus viajes y le avisaba que le había puesto medicina para el estómago en la maleta...
Él solo respondía con un [Sí] o la dejaba en visto.
Siempre pensó que, como se veían todos los días, no tenía sentido gastar energía en contestar mensajes triviales.
Dejó la bolsa con la joya sobre la mesa, se sirvió un vaso de agua y tecleó rápidamente:
[¿Cómo va tu viaje? ¿Cuándo terminas? Cuando vuelvas, te llevaré al restaurante que tanto te gusta.]
Lo leyó, pensó que sonaba muy cursi para él y lo borró.
[¿Qué tal? ¿Cuántos días dura tu viaje? ¿Cuándo regresas?]
Lo volvió a borrar.
[¿Cuándo vas a regresar?]
Enviar.
El agua de su vaso se enfrió por completo y del otro lado no hubo respuesta.
Intuyendo que algo andaba mal, la llamó. Sonó tres veces antes de que le cortaran la llamada. Lo intentó varias veces más, con el mismo resultado.
Subió al dormitorio y entró al vestidor. La ropa, los bolsos y las joyas de Julia seguían perfectamente acomodados. Sus cremas estaban en el tocador. A simple vista, salvo algunas cosas menores que faltaban, todo parecía normal.
German soltó una carcajada sarcástica, reprimiendo a duras penas la rabia en su pecho.
—Te quedas sin bono este mes.
Cristián tragó saliva.
German colgó de golpe, con el rostro pálido de coraje.
¿Pedirle disculpas?
¿Ahora resultaba que le había agarrado el gusto a los berrinches?
La había malcriado tanto que ya no sabía cuál era su lugar.
Miró el chat sin respuestas y la furia se apoderó de él.
«¿Me estás aplicando la ley del hielo?».
«¡Perfecto!».
Con una mano en la cintura, apretó el celular con la otra.
[Búscame cuando te des cuenta de tu error.]
Tecleó tan rápido que casi echaba chispas. Envió el mensaje, bloqueó la pantalla, tiró el celular a la cama y se metió directamente al baño.

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