Mansión de la familia Santana —
Apenas Sofía puso un pie en casa, su padre Ignacio la mandó llamar al despacho.
Las luces estaban encendidas e Ignacio Santana se encontraba practicando caligrafía sobre papel de arroz. Los robustos muebles de caoba, envueltos por la oscuridad del exterior, le daban a la habitación un aire extrañamente intimidante.
Al verla entrar, el hombre señaló una elegante caja que estaba sobre una mesa auxiliar.
—Dime qué te parece.
Sofía caminó a paso lento hacia donde él señalaba. Abrió la caja y encontró un hermoso vestido de noche color champán, con escote strapless.
La pedrería que adornaba la tela brillaba bajo la luz de la lámpara.
Miró a su padre, un poco confundida.
—¿Y esto?
Ignacio mojó el pincel en la tinta sin molestarse en levantar la vista. Su voz sonó grave:
—Pasado mañana hay una gala benéfica. Irás como la acompañante de German.
—¿Yo?
Recordaba haber escuchado a Don Eduardo mencionar ese tema en la casa de los Zamora, y el plan era que Julia asistiera con él. ¿Por qué ahora le tocaba a ella?
¿Acaso...?
Miró a su padre.
—¿Usted se lo sugirió a Don Eduardo?
Él alzó la vista y sus ojos se clavaron en ella, afilados como cuchillos.
—¿Y si así fue? Si dependiera de ti, ¿cuántos años más tendrías que esperar para pararte a su lado?
Sofía bajó la mirada instintivamente y apretó la tela del vestido entre los dedos.
—Lo siento.
Él dejó el pincel sobre la mesa, sacó una pequeña caja del cajón, se acercó y la puso en las manos de su hija.
—Durante la gala, busca la manera de ponerle esto a German sin que se dé cuenta.
Sofía abrió la cajita y encontró un broche adornado con piedras preciosas. Lo miró con sorpresa.
—¿Qué es esto?
—Averigüé que German se reunirá en secreto con un inversionista estadounidense durante el evento. Se trata de un proyecto muy importante. Necesito escuchar todo lo que hablen.
Sofía sacó el broche y lo examinó de cerca bajo la luz, pero no notó nada fuera de lo común.
—¿Es un micrófono?


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