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No soy tu señora… soy tu error romance Capítulo 4

—Vaya, después de tantos años, a Vivi le sigue encantando esto —comentó alguien en tono de burla.

Xavier la miró con picardía: —Lo que le encanta es que Leo se la pele con sus propias manos.-

Victoria los miró, aparentando reprensión: —No digan esas cosas. Silvana es la esposa de Leo, nosotros solo somos buenos amigos.

Silvana había estado de pie en el mismo lugar durante un largo rato. La habían tratado como si fuera invisible. De no haber sido por la mención casual de la palabra «esposa» por parte de Victoria, ni siquiera habrían notado su presencia.

El ambiente se volvió tenso.

Leonardo miró a Silvana.

—Qué bueno que llegas, tengo algo que hablar contigo.

Silvana forzó una sonrisa, aunque sus labios se sentían secos.

—Qué coincidencia, yo también tengo algo que hablar contigo.

Un silencio sepulcral se apoderó de la sala. Todos clavaron sus miradas en ella.

Victoria, siempre en su papel comprensivo, intervino: —Leo, ve. Disfruta tu tiempo con Silvana, no te preocupes por nosotros. Yo me encargaré de atenderlos.

Zacarías pensó que Leonardo se negaría a ir, al igual que el resto de los presentes.

Pero un segundo después, Leonardo se puso de pie lentamente y, frente a los ojos de todos, acarició el cabello de Victoria: —Vuelvo enseguida.

El rostro de Silvana palideció. Se sintió infinitamente humillada, pero el orgullo que llevaba en la sangre no le permitía rebajarse frente a esas personas.

Se aferró del brazo de Leonardo y, mostrando la sonrisa impecable de la esposa oficial, dijo: —Diviértanse. Nosotros nos retiramos.

Apenas cruzaron la puerta, Silvana soltó su brazo. Bajó la mirada y, de pronto, se dio cuenta de que la mano de Leonardo estaba desnuda. No llevaba puesto el anillo de bodas.

Acarició suavemente su propio anillo mientras un frío penetrante se colaba hasta el fondo de su corazón.

—¿Y si lo que quiero es más que solo una posición?

El auto frenó de golpe. Silvana, sin previo aviso, se fue hacia adelante y se golpeó fuertemente contra el asiento.

El dolor fue instantáneo, tan agudo que le sacó las lágrimas.

Leonardo se volvió para mirarla. No había ni una pizca de preocupación en sus ojos, solo un brillo de burla cruel: —Silvana, no me digas que te casaste conmigo por amor.

Esa frase se clavó como una daga en el centro de su pecho, cortándole la respiración.

—Somos adultos, aceptar que tienes ambición no es motivo de vergüenza. Pero si pretendes exigir cosas que no te pertenecen, estás cruzando la línea.

Silvana giró el rostro hacia la ventana y, de repente, se echó a reír.

—Entonces, ¿nos divorciamos?

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