Antes de venir a Puerto Neón, había investigado a la familia Cárdenas, así que conocía a cada uno de ellos como la palma de su mano.
Ángel, por su parte, solo había oído el nombre de Nina, pero nunca la había visto en persona.
Esa noche se había escapado del hospital para cenar con sus amigos y se encontró con semejante belleza, mucho más interesante que las enfermeras insípidas del hospital.
Jo se acercó con su celular en la mano.
—Agrega al Messenger, reina. Te transfiero un regalito, ¿mil pesos te parece bien?
Nina los miró con calma.
—No tengo la costumbre de hacerme amiga de extraños.
Ángel sonrió con malicia.
—Si nos agregas ya somos amigos. Cada uno te transfiere mil; si sumas, es una buena lana.
Nina soltó una risa fría. Este Ángel era aún más descarado de lo que imaginaba.
Le dio un manotazo al celular que Jo le extendía.
—No me falta dinero. Guárdense sus mil pesos para comprar dulces.
Nina no usó mucha fuerza, pero Jo sacudió la muñeca a propósito y el teléfono cayó al suelo con un estruendo.
El ambiente se tensó.
Jo sonrió perversamente.
—El celular es nuevo, me costó casi veinte mil. Ahora que lo rompiste, guapa, tienes dos opciones: o me pagas cien veces su valor, o pagas con el cuerpo.
Ángel y los otros dos también la rodearon.
—Cuatro reyes y una reina, imagínate qué rico.
Las pupilas de Nina se contrajeron.
—Les doy un consejo amistoso: tengo muy mal carácter y no tolero que me falten al respeto.
Todos estallaron en carcajadas.
Jo se rio con más crueldad.
—Hermanos, ¿escuché mal? Esta nena dice que tiene mal carácter y que no aguanta nada.

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