Así que los nuevos especulaban en secreto que la esposa debía ser una típica señora de sociedad que vivía en la opulencia.
Seguro se la pasaba vestida de marca en alguna calle del extranjero, tomando té, de compras y haciéndose tratamientos de belleza.
Vivía en un mundo completamente distinto al de ellos, que luchaban por el pan de cada día.
Eso era lo que Rosa había deducido tras entrar a la empresa.
De todos modos, llevaba tiempo en la sede central y nunca había visto a la esposa venir a checar al marido, y rara vez alguien hablaba de ella.
En la mente de Rosa, si el jefe rondaba los cuarenta, la esposa no podía ser joven.
Y las mujeres envejecen más rápido que los hombres; pasada la edad de oro, la piel se apaga, las arrugas se marcan y el colágeno dice adiós.
Una mujer de esa edad no tenía nada que hacer contra una belleza juvenil como ella.
Al pensar en esto, Rosa estaba cada vez más segura de que al gran jefe le gustaría más alguien de su tipo.
—Si el jefe no deja que su esposa esté aquí, a lo mejor es porque ya está vieja y fea, y le da vergüenza sacarla a la calle.
El comentario de Rosa dejó a su compañera sin palabras.
—¿Ah? ¿Tú crees?
Rosa levantó la barbilla con confianza.
—A todos los hombres les entra el amor por los ojos.
Y esa confianza de Rosa no era infundada.
El primer día en la sede central, su supervisor la mandó al último piso a entregar reportes financieros a la oficina de presidencia.
Fue la primera vez que vio al jefe en persona. Era tan guapo que daba coraje; el corazón se le puso a mil por hora.
El jefe, que caminaba hacia su oficina con un grupo de ejecutivos, volteó a ver hacia donde ella estaba.
En ese momento, él estaba hablando por teléfono con alguien.
Cuando la vio, tenía una sonrisa imposible de ocultar en el rostro.
Especialmente esa mirada llena de amor, que casi se desbordaba de sus ojos.
Rosa sabía que era joven y bonita, tenía madera para atraer hombres.
Se había matado trabajando para que la transfirieran a la sede central con la esperanza de pescar un marido rico con su belleza.
No esperaba que el gran jefe se enamorara de ella a primera vista.
Rosa no creía estar imaginándose cosas, porque al día siguiente recibió un regalo del jefe.
Una pulsera con incrustaciones de diamantes que ella había deseado por mucho tiempo.
El jefe era realmente impresionante, había averiguar hasta lo que le gustaba.
Esa pulsera estaba en el escaparate de una joyería, era el modelo principal de una colección y costaba ocho mil ochocientos pesos.
A Rosa le encantaba, pero le dolía el codo comprarla.
Casi la mitad de su sueldo mensual se iba en la renta; gastar casi nueve mil en una pulsera era un lujo excesivo.
Pero el jefe mandó a alguien a entregársela directamente.
Por eso, Rosa no había dormido bien en varias noches.
No dejaba de imaginar si el jefe, cautivado por su belleza, la invitaría algún día a tomar algo en privado en su oficina.
Rosa se consideraba una mujer con dignidad y jamás sería la amante de nadie.
Pero si el pretendiente era un hombre como el gran jefe, tal vez podría hacer una excepción.
Además, con su inteligencia y sus encantos, quién sabe, tal vez en un futuro cercano ella se convertiría en la señora de Grupo Orca.
El jefe de su mejor amiga era el ejemplo perfecto: había botado a la esposa fodonga para casarse con una modelo jovencita.
Rosa había visto a la modelo; no le llegaba ni a los talones.
Si esa modelo pudo casarse con un millonario, ella, Rosa, sin duda también lograría su objetivo.


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