De cualquier modo, al saber que Dylan había comenzado una nueva vida, Nina se alegró mucho por él.
Al final, para vivir hay que mirar hacia adelante.
Diez años pasaron en un abrir y cerrar de ojos.
En esta década, el mundo había cambiado muchísimo.
La tecnología avanzaba y el pensamiento humano progresaba.
Todos seguían adelante en su búsqueda de la felicidad.
Rosa Calderón era una de esas tantas personas.
A sus veinticinco años, Rosa poseía una belleza envidiable.
Era extremadamente hermosa, tanto que cualquier hombre que la veía sentía el deseo de conquistarla.
Y los veinticinco eran la mejor edad para una mujer.
Juventud, belleza, vitalidad; su piel era tan suave que parecía hecha de porcelana.
Hace un mes, debido a su sobresaliente desempeño laboral, sus jefes la transfirieron de una sucursal a la sede central en Puerto Neón.
La empresa donde trabajaba figuraba en el top 500 mundial: el famoso Grupo Orca.
Aunque ella solo era una simple empleada de finanzas, creía firmemente que, gracias a su belleza excepcional, contaba con el favor del gran jefe.
El dueño, que rondaba los cuarenta años, aparentaba tener poco más de veinte.
Definitivamente, los ricos podían usar su dinero para conservar la juventud.
La primera vez que vio al gran jefe, Rosa quedó tan deslumbrada por su atractivo que casi olvidó cómo caminar.
A su alrededor, muchos hombres de treinta y tantos o cuarenta ya se veían descuidados y grasosos, daban pena ajena.
¿Cómo era posible que el dueño de Grupo Orca se mantuviera tan joven?
Y no solo joven, sino guapísimo. Rosa estaba convencida de que él era un auténtico «partidazo», tocado por la mano de Dios.
—Rosi, acaban de avisar de arriba. Esta noche a las ocho, todo el personal tiene una cena en el piso diecisiete del Hotel Grand Majestic.
En la cocineta, una compañera sacó a Rosa de sus ensoñaciones con el aviso.
Rosa volvió a la realidad y preguntó:
—¿El señor Corbalán va a ir?

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: No Tan Bruja