Aunque el contenido de alcohol en los cocteles era similar al de cualquier bebida, después de tomarse varias copas seguidas, Nina ya se sentía un poco mareada.
Al subir al auto, se recargó en el asiento de piel y cerró los ojos para descansar.
Ignoró por completo lo que pudieran estar pensando las otras tres personas dentro del vehículo.
Yeray, que por naturaleza era de pocas palabras, podía mantenerse en silencio absoluto si no había tema de conversación.
Pero incluso Ramiro, quien solía ser el mejor para romper el hielo, se había quedado mudo.
No es que no quisiera hablar, es que, dada la situación actual, no se atrevía a decir ni pío.
Los Villalobos, y cualquier persona relacionada con esa familia, eran un tema tabú que no se podía mencionar frente al señor Máximo.
Sin embargo, hacía solo unos momentos, Nina había estado platicando y riendo con Dylan Villalobos como si nada, justo en la cara del señor Máximo.
Fue Máximo quien finalmente rompió el silencio:
—¿Conoces a Dylan?
Nina abrió ligeramente los ojos, arqueó una ceja y lo miró.
—Si haber intercambiado palabras cuenta como conocerse, entonces tienes razón.
—Hace un momento en el bar, me invitó una copa.
—Y se mostró muy interesado en conocerme más a fondo, aunque por el momento lo rechacé.
Nina no tuvo reparos en confesarle a Máximo cómo conoció a Dylan.
Sus palabras dejaban entrever que el rechazo había sido solo temporal.
Si volvían a encontrarse, aceptarlo o no dependería de su estado de ánimo.
Ni Yeray ni Ramiro se atrevieron a hacer ruido.
Admitir frente a tu prometido que otro hombre está interesado en ti...
Esa clase de cosas solo las podía hacer la intrépida señorita Villagrán.
Entre más tranquila se mostraba Nina, más callado se quedaba Máximo.
Desde el principio, este matrimonio se basó en la renuencia de ambas partes.



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