—Entonces, ¿la persona que pasó la noche con Regina en la cueva no fuiste tú?
Máximo estuvo a punto de jurar por las lámparas del techo.
—Si eso hubiera pasado de verdad, sería imposible que no tuviera ni un solo recuerdo.
—Sí fui al Valle de San Mictlán una vez, y es posible que me cruzara con una chica local a la que salpiqué de lodo con el coche.
—Pero como tenía que recorrer diez academias seguidas, mi tiempo estaba limitadísimo. ¿De dónde iba a sacar tiempo para romancear?
—Estuve allá tres días y dos noches. Esas dos noches dormí con Fernando.
—Me acuerdo perfectamente porque no había dónde bañarse.
—Cuando Fernando se quitó los zapatos, el olor de sus pies casi me manda al otro mundo ahí mismo.
—Las dos noches me quedé dormido mareado por su peste a queso.
—¿Que me picó una araña? ¿Vivir en una cueva? ¿Abrazar a una chica del Valle de San Mictlán en la noche?
—A menos que existan universos paralelos, en mi memoria eso jamás ocurrió.
Nina se frotó la barbilla pensando un momento y de repente preguntó:
—Si tú compartías cuarto con Fernando, ¿significa que Dante y Enzo compartían el otro?
—Sí, estaban en el cuarto de al lado —respondió Máximo.
Las condiciones de alojamiento en ese lugar eran pésimas; Fernando no paró de quejarse.
—Hablando de lluvia... —Máximo pareció recordar algo—: Recuerdo que una de las noches en el Valle de San Mictlán llovió muchísimo.
Al decir esto, se le prendió el foco.
—Ya me acordé. La noche del tormentón, Enzo no llegó a dormir.
En ese momento, Dante fue a preguntarles a él y a Fernando si sabían dónde se había metido Enzo.
No contestaba el teléfono ni los mensajes. Enzo desapareció toda la noche.
Pero no se preocuparon demasiado.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: No Tan Bruja