—¿No te dije que no vinieras a buscarme a menos que fuera una emergencia?
Temprano en la mañana, Enzo Salgado apenas salía de su casa en su coche cuando vio a Catalina parada en la entrada como un alma en pena.
¡Qué mala suerte!
Catalina miró fríamente a Enzo a través de la ventanilla.
—Si no hubiera sucedido algo irreparable, no habría venido a buscarte.
La expresión de Enzo en el asiento del conductor cambió ligeramente.
—¿Qué pasó?
Catalina tenía muy mal aspecto.
—Anoche, Máximo me echó de Bahía Azul.
Aunque ese era territorio de la familia Salgado, en cuanto el asunto involucraba a Máximo, Enzo sentía que debía ser precavido.
Le dijo a Catalina que subiera al coche para hablar.
Catalina no se hizo del rogar.
Después de subir, le contó brevemente a Enzo lo que había sucedido la noche anterior.
Al enterarse de que Catalina había arruinado el plan, a Enzo le costó mantener la calma.
La regañó furiosamente: —¿Tienes aserrín en la cabeza? ¿Cómo se te ocurre declararte a Máximo en un momento así?
—¿Acaso olvidaste que a su lado está esa terrible Nina Villagrán?
Enzo no esperaba que las cosas tomaran un rumbo tan vulgar.
Su objetivo final al hacer que Victoria metiera a Catalina en Bahía Azul era usar la brujería para controlar a Máximo y a su madre.
Catalina había jurado que completaría la misión.
Y resulta que, a los pocos días de entrar, la echaron con todo y maletas.
Había visto gente tonta, pero la estupidez de Catalina superaba todo lo que Enzo podía imaginar.
Catalina trató de defenderse.
—Ya lo dije, el problema fue con la señora Corbalán.
Cuando recuperó la memoria, no solo la acusaban de declarársele a Máximo, sino que Nina le había dado una bofetada.
A Enzo no le interesaban las razones.
Solo le importaba una cosa.
Si Catalina había sido descartada por Máximo, significaba que esa pieza ya no servía.
No tenía sentido conservar una pieza inútil.
Así que Enzo comenzó a pensar en cómo deshacerse de ella sin que nadie se diera cuenta.
Como si leyera sus intenciones, Catalina soltó una risa fría y advirtió:
—Señor Salgado, no estará pensando que soy un estorbo y quiere eliminarme, ¿verdad?
Catalina solo fingía ser ingenua; la verdadera ella no tenía nada de tonta.
Enzo rápidamente disimuló sus intenciones asesinas y sonrió: —Te imaginas cosas.
Aunque por un instante, sí había querido eliminar a esa estúpida.

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