La «gente inocente», Nina: «¿?»
Rafael no tuvo miramientos con Máximo.
—La situación es esta y me lo llevo hoy mismo.
—Si quieres usar tu poder para presionar, yo, Rafael, no tengo miedo de pelear.
—Además, te recuerdo amistosamente que nos conocemos de hace tiempo y sabemos el calibre del otro.
—Hacer una guerra por esta arpía no vale la pena, de verdad que no.
—Aunque mi base está en Puerto Nuevo, también tengo gente en Puerto Neón. ¿Seguro que quieres un pleito a muerte conmigo?
A Máximo también se le subió la temperatura.
—Pelear en Puerto Neón, con tantas reglas y leyes, es muy aburrido.
—Si nos vamos a pelear, que sea en territorio neutral.
—Arturo, alias «El Cóndor», tiene un ejército de mercenarios a su nombre.
—Ahorita mismo le llamo a Diego para que nuestros bandos se topen y veamos de qué cuero salen más correas.
¿Arturo?
Nina captó algo interesante.
Ese nombre clave tenía un peso enorme en África.
Miró a Rafael con curiosidad.
Este hombre, ¿sería el legendario «El Cóndor», Arturo?
Rafael puso cara larga.
—Pelear es pelear, no había necesidad de sacar mis trapos al sol, ¡KING!
¿KING?
Otro pez gordo de las leyendas urbanas.
La mirada de Nina se desvió hacia Máximo.
Resulta que su marido tenía varias caras.
El líder de la familia Corbalán.
Mictlantecuhtli de Zafiro.
¡El Rey de África, KING!
Esto se ponía cada vez mejor.
Máximo le respondió a Rafael sin achicarse.
—Si una pelea resuelve el problema, apostemos.
—Si ganas, te lo llevas; si gano, se queda.
Rafael asintió golpeando la mesa.
—¡Va, me parece bien!
La actitud de Rafael no admitía réplica.
—A fuerza.
Máximo detestaba esa actitud prepotente de Rafael.
—Entonces hagámoslo a la vieja usanza. Un equipo tuyo contra uno mío. El que asegure más minas gana.
En África lo que sobraba eran minerales, y en ese lugar lleno de facciones, pelear por las minas era el pan de cada día.
Rafael estuvo de acuerdo con la propuesta de Máximo.
—Hecho. Ganamos conquistando minas. El objetivo es esa mina de oro que ninguno de los dos pudo tomar hace años.
Los ojos de Máximo brillaron de emoción.
—No hay bronca. Trato hecho.
Nina los miró a ambos, uno por uno, y preguntó con una sonrisita:
—Esa mina de oro que no pudieron tomar ni uniendo fuerzas hace años, ¿dónde está?
Máximo y Rafael respondieron al unísono: —Kenia.
Nina: —¿Y por qué no pudieron tomarla ni entre los dos?
Esa frase hirió profundamente el orgullo de Máximo y Rafael.
Y les hizo recordar esa vergonzosa historia negra.

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