Pensó: en esta situación, ¿debería ir y armar un escándalo? ¿O ser una mujer dócil y obediente, fingir que no sabe nada y dejarlo pasar?
Luego, Nina sonrió. Anoche él todavía le juraba amor eterno, y al día siguiente interpretaba esta escena romántica con su «amor inolvidable». Por eso, no había que tomarse tan en serio los romances.
Nina guardó la foto y se la reenvió a Máximo. De paso, añadió una línea de texto junto a la imagen: «Te dije que si ibas a andar de perro te limpiaras bien el hocico. Es obvio que te pasaste mi advertencia por el arco del triunfo. Esto ya es un descaro».
Tras enviar esa frase, Nina tiró el celular a un lado, lista para seguir descifrando el código. Apartó a Lucifer del teclado y, sin saber qué tecla presionó, apareció un mensaje en la pantalla: ¡Desbloqueo exitoso!
Nina se quedó sin palabras. ¿Qué había pasado? Solo había dormido una siesta, ¿y un código tan difícil se había desbloqueado solo?
Lucifer, ya apartado, parpadeó mirando a Nina. Nina también miró pensativa a Lucifer. Después de un largo rato de mirarse mutuamente, Nina preguntó con cautela:
—¿Acaso desbloqueaste la contraseña mientras yo dormía?
La respuesta fue el silencio. Debía estar loca para esperar que una serpiente respondiera una pregunta tan infantil.
El impacto de la «infidelidad» de Máximo se volvió irrelevante ante el desbloqueo del chip. Nina abrió impaciente la carpeta, que contenía muchos videos. Cada video registraba el antes y el después de pacientes a los que el Laboratorio Génesis inyectaba y administraba diversos fármacos.
Su corazón empezó a latir desbocado. Nina deseaba poder atravesar la pantalla y abrazar a esa persona tan brutalmente destrozada. Las lágrimas rodaron sin control por sus mejillas. Quería gritar, quería aullar, pero su voz se atascó en la garganta y no pudo emitir ni un sonido.
«Clac, clac...»
El sonido de tacones golpeando el suelo provino del video. De las bocinas de la computadora salió la risa suave de una mujer. Esa risa era ligera y breve, revelando una pizca de emoción y expectativa.
La imagen estaba fija, enfocada directamente en el rostro destrozado de Simón. Un hombre con distorsionador de voz habló: —Señorita, su corazón está muy sano. Se puede usar.

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