—¿Para qué me citaste?
Gonzalo le sirvió una taza de té a Nina.
—Al fin y al cabo somos padre e hija, no seas tan hostil conmigo.
—Sé que estuvo mal pedirte que donaras un riñón por la enfermedad de Ángel, pero deberías comprenderme.
—No hay padre en el mundo que pueda quedarse de brazos cruzados viendo a su hijo enfermo.
Al notar la impaciencia en el rostro de Nina, Gonzalo fue lo bastante inteligente como para no continuar con ese tema.
—Bueno, bueno, dejemos eso de lado, sé que no te gusta escucharlo.
Gonzalo sabía adaptarse a las circunstancias, así que intentó ganarse a Nina.
—Todos estos años has estado vagando por ahí, ni siquiera sé cómo te ha ido.
—Y tu madre, dicen que desapareció. ¿Qué pasó realmente en aquel entonces?
Nina respondió con frialdad: —No lo sé.
Gonzalo frunció el ceño.
—¿Qué clase de hija eres? Ni siquiera te importa si tu madre está viva o muerta.
—Viva o muerta, debe haber rastro. Incluso si desapareció, debe haber una razón.
Nina: —Yo era muy pequeña cuando mi mamá se fue, no recuerdo qué pasó.
Gonzalo: —Entonces, ¿cómo creciste?
Nina: —Mi padre adoptivo me crio.
Al ver que Gonzalo iba a seguir parloteando, Nina ya tenía escrito en la cara un «no estoy de humor».
—Si tu objetivo hoy es chismear, te aconsejo que no pierdas el tiempo conmigo.
—Si no hay nada más, me voy.
Gonzalo se apresuró a detener a Nina.
—Te cité porque realmente tengo un asunto.
—Nina, ¿sabías que ahora tienes otro hermano?
—Se llama Salvador Cárdenas, tiene menos de un año y es un niño muy lindo.
Al mencionar a su hijo menor, los ojos de Gonzalo brillaron con cariño.
Nina preguntó con una sonrisa sarcástica: —¿Tienes cáncer terminal?

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: No Tan Bruja