Nina sentía que algo no cuadraba.
Nancy había logrado sobrevivir y moverse como pez en el agua bajo sus narices, lo que demostraba que no era tonta. Atraerla al estacionamiento abandonado fue solo el primer paso de su plan.
Si Nina moría ahí, mala suerte.
Pero si sobrevivía, Nancy tenía preparado el segundo acto: usarse a sí misma como cebo, dejando que Luciano la «regalara» y la trajera aquí.
Máximo jamás permitiría que ella muriera. No solo intentaría salvarle la vida, sino que, en el proceso, vería la supuesta verdadera cara de Nina y se alejaría de «ese demonio».
Solo así lograría sembrar la discordia entre ellos.
Había que admitirlo: Nancy era maquiavélica.
Al ver su plan expuesto, Nancy ya no pudo subestimar a Nina. Pensaba que la tal Villagrán era solo un juguete para calentarle la cama a Máximo en sus ratos libres. Pero ahora veía que, además de una cara bonita, tenía cerebro.
Nina le apretó la mandíbula, obligándola a mirar a Máximo.
—Adivina... si te mato frente a él, ¿crees que intervendrá para salvarte?
Bajo la fuerza bruta de Nina, Nancy se vio forzada a mirar a Máximo. Buscaba en sus ojos al menos una pizca de compasión.
Pero no había nada.
El corazón de Nancy se heló. Y al mismo tiempo, ese frío despertó en ella un deseo de ganar aún más intenso.
¡No iba a perder!
¿Cómo podría perder?
Las lágrimas volvieron a rodar por sus mejillas; Nancy sabía muy bien cómo mostrarse vulnerable ante los hombres.
—Maxi, ¿de verdad no te importa si vivo o muero?
—Solíamos estar siempre juntos, éramos la pareja perfecta a los ojos de todos.
—¿Recuerdas aquella subasta? Fue la primera vez que nos vimos, ambos queríamos el mismo Orbe Laberíntico.
—Era algo que deseabas mucho, pero para complacerme, me lo cediste generosamente.

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