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¡No te metas con la Cenicienta! romance Capítulo 1050

Al ver que ella no respondía, Alonso apretó su abrazo.

—¿No me crees?

—Tengo un poco de hambre —murmuró Estrella.

No había probado bocado en toda la mañana, y de verdad sentía el estómago vacío.

—Entonces, vamos a comer —dijo Alonso, aliviado.

Escucharla decir que tenía hambre lo llenó de alegría. Estos últimos días en Mar de Ámbar, parecía que la comida le causaba repulsión.

Incluso cuando comía, apenas probaba unos cuantos bocados.

En la mesa del comedor, todo lo que Alonso había ordenado preparar eran los platillos que, según él, a Estrella le encantaban cuando vivían en Nueva Cartavia.

Al ver la mesa llena, una sombra indescifrable cruzó por los ojos de la joven.

—Todo esto es lo que te gusta —comentó Alonso—. Prueba este pato al jengibre, a ver si tiene el mismo sazón que el de Nueva Cartavia.

Mientras hablaba, tomó un trozo de carne y lo colocó en el pequeño plato de ella.

Estrella miró el pato en su plato. No dijo nada. Tampoco hizo el menor movimiento para comer.

—¿Qué pasa? —preguntó él en voz baja al notar su inacción.

Su tono era mucho más suave y considerado que de costumbre.

—Estos... son los platillos favoritos de tu madre —dijo Estrella sin inmutarse—. En la Mansión Arsenio, jamás los comí.

Alonso se quedó de una pieza.

—¿Qué quieres decir?

—Que toda esta mesa está llena de la comida que me tocaba comer en la mansión familiar porque no me quedaba otra opción.

En realidad, ella odiaba esos platillos.

Pero cada vez que había reuniones en la casa principal de la familia Echeverría, el menú se preparaba exclusivamente para complacer los gustos de ellos.

Como la mayoría de las cosas le desagradaban, ella simplemente elegía lo único que su estómago podía tolerar.

Y Alonso, en su infinita ignorancia, asumió que esos eran sus favoritos.

Llevaban años casados...

Y, sin embargo, parecía que él jamás se había tomado la molestia de averiguar qué era lo que a ella realmente le gustaba.

Alonso sintió que un balde de agua fría le caía encima. Todo su cuerpo se tensó.

Estaba recostada en una cama de hospital, conectada a un respirador. Las marcas violáceas en su cuello eran tan evidentes que daban escalofríos.

Incluso a través de la pantalla, se veía completamente desprovista de vida, como si estuviera a punto de exhalar su último aliento.

¡Las pupilas de Alonso se dilataron por el horror!

—¡Maldita sea! —masculló mientras golpeaba el celular contra la mesa con violencia.

En ese momento, sintió un deseo irrefrenable de volar al Reino Unido y hacer pedazos a Callum con sus propias manos.

Cintia era la chica más dulce y tierna de la familia. Siempre había sido obediente, jamás había levantado la voz a sus mayores.

A pesar del favoritismo descarado de su madre a lo largo de los años, ella siempre se había mantenido fuerte y serena.

¿Cómo era posible que una joven tan buena estuviera sufriendo semejante infierno en manos de Callum?

¿Por qué estaba en una cama de hospital? ¿Por qué necesitaba un respirador?

¿Y esas marcas en su cuello? ¿Acaso ese malnacido la había estrangulado?

Ese infeliz, ¿cómo se atrevía a...?

Cuanto más lo pensaba, más errática y agitada se volvía su respiración.

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