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¡No te metas con la Cenicienta! romance Capítulo 412

—A ver, ¿qué es lo que sabes? —preguntó Renato.

—No necesitas saber los detalles. Solo te digo que, por ahora, lo mejor es que te retires del Grupo Echeverría.

—Pero no podemos dejar a Alonso...

—¡Ahorita nadie puede ayudarlo! —lo interrumpió Daniel tajantemente.

Renato se quedó callado. Esa frase confirmaba la gravedad del asunto. Renato estaba cada vez más seguro de que Daniel sabía algo gordo. Algo que los demás ignoraban. Y definitivamente, no era tan simple como que Marcelo estuviera atacando a Alonso por amor a Estrella.

***

Cuando Mariela Echeverría llegó al Grupo Castañeda, sentía que las piernas ya no le respondían. Se desplomó del cansancio. ¡Estrella era una maldita! Sentía que los pies le ardían de tanto caminar; seguro le habían salido varias ampollas. Le dolía muchísimo.

En la recepción estaba la misma empleada de antes. Cuando Mariela cruzó miradas con ella, sus ojos destilaban furia, pero la recepcionista sonrió levemente.

—Buenas tardes, señorita Echeverría.

El saludo sonaba cortés, pero para los oídos de Mariela, el tono estaba cargado de burla. La mirada de Mariela se oscureció al instante. Fulminó a la recepcionista con la mirada.

—Vengo a ver a Marcelo.

—¿Tiene cita?

Mariela apretó los dientes. ¿Cita? En toda Nueva Cartavia, antes de esto, ¿quién se atrevía a pedirle cita a ella para ir a cualquier lado? Y ahora, una simple recepcionista le salía con esas. ¡Era ridículo!

—Dile que tengo información muy importante sobre Estrella. ¡Si no me escucha, se va a arrepentir toda su vida!

—¿Tiene cita? —repitió la recepcionista, impasible.

Era obvio: no importaba lo que Mariela tuviera que decir, la respuesta sería la misma. Mariela sintió ganas de arrancarle esa sonrisa fingida de la cara.

Marcelo pensó que era la recepcionista y soltó la palabra con hielo, claramente molesto porque se saltaran el protocolo. Generalmente, los avisos pasaban primero por su asistente.

Al escuchar ese tono gélido, a Mariela le dio un vuelco el corazón.

—Marcelo, soy yo.

Trató de recordar los consejos de Mónica y suavizó su tono, usualmente arrogante, hasta hacerlo sonar dulce. Ese fingimiento casi le provoca náuseas a ella misma. No quería imitar la actitud hipócrita de Estrella, pero no tenía otra opción. Las ampollas en sus pies le recordaban que ella, una orgullosa hija de la familia Echeverría, había sido humillada por la mujer que más despreciaban. Y los días de miseria en la Mansión Echeverría... Esa era su casa, y ahora tenía que vivir bajo el yugo de esa maldita. Estrella solo podía ser tan arrogante porque tenía a Marcelo detrás.

Al escuchar la voz de Mariela, Marcelo se dispuso a colgar de inmediato. No tenía ningún interés en ella.

Mariela percibió la intención del hombre y, justo antes de que cortara, gritó desesperada:

—¡Estrella te vio la cara! ¡Tengo pruebas!

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