Si lograban que Marcelo le quitara el respaldo a Estrella, su sufrimiento terminaría. Pero ver a Mariela regresar herida y diciendo que casi muere... era demasiado.
—¿Y tú qué? ¿Viste a la señora Castañeda? —preguntó Mariela.
Isidora hizo una mueca. ¡Ni se lo recordaran!
—Esa familia ni siquiera me dejó entrar.
No solo no la dejaron pasar, sino que mandaron a una sirvienta a despacharla con palabras hirientes, insinuando que no había educado bien a Mariela y que no la querían en su familia. Como si los Echeverría tuvieran que rogarle a los Castañeda. Si no la querían, ella le buscaría a Mariela un marido mejor. ¡Qué se creían!
Cuanto más lo pensaba, más se enojaba con la actitud de los Castañeda.
—Entonces... hoy fracasamos las dos, ¿verdad? —dijo Mariela.
Isidora apretó los dientes:
—¡Ya se arrepentirán los Castañeda!
Entre idas y vueltas, habían caminado muchísimo. Salieron temprano y ya era pasado el mediodía. Al entrar, vieron a Estrella almorzando. El olor a comida las golpeó en el estómago. Venían congeladas y hambrientas.
Isidora se acercó con actitud desafiante:
—¡Queremos comer!
Estrella, que tenía una cucharada de sopa en la boca, alzó una ceja.
—Claro. Sigan las reglas de la señora Echeverría y listo. Todo está preparado.
Reglas. La regla de «aquí no se mantiene a gente ociosa». Eran las mismas palabras que Isidora le había dicho a Estrella antes.
Isidora, que ya venía caliente por lo de los Castañeda, empezó a temblar de rabia.
—¿Qué es eso? —preguntó respirando con dificultad.
—Alfombras y cortinas. Tienes manía por la limpieza, ¿no? Antes, las empleadas las lavaban a mano. Ahora hay que recortar gastos, así que te toca a ti lavarlas a mano.
¡La que tenga la manía, que lave!
Mariela vio los canastos y casi le da un soponcio. ¡Eso era peor que trapear el suelo!
—Esas cosas son enormes. ¿Quieres que las lavemos a mano? ¿Lo haces por joder?
—No solo a mano. ¿Ves esos cepillitos? ¡Quiero que las cepillen centímetro a centímetro hasta que queden impecables!
Mariela e Isidora se quedaron mudas.

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