Si no, ¿cómo podrían haber recuperado el dinero tan fácilmente?
El dinero había regresado en su totalidad.
Cecilia miró a Estrella.
—¿Ahora sí estás satisfecha? —preguntó, apretando los dientes.
—¡Por supuesto que sí! Más que satisfecha —respondió Estrella.
—¿Entonces todo esto ya se acabó?
—Por supuesto.
Estrella asintió. Eso era todo lo que ella pedía, así que, naturalmente, todo había terminado.
Estrella se puso de pie y miró a Malcolm.
—Ve a arreglar las cosas. A los que haya que echar a la calle, ya puedes echarlos.
Al escuchar eso, Cecilia frunció el ceño.
—¿Acaso no eres tú la que se va?
—Creo que no has entendido bien la situación. Esta Mansión Echeverría ya es mía. ¡Aquí ya no manda la familia Echeverría!
Cecilia se quedó sin palabras.
Recordó que, al preparar los documentos, efectivamente vio que la mansión pasaría a manos de Estrella. Pero ahora ella pretendía echar a todos los Echeverría del lugar.
—¡De verdad no tienes corazón! —masculló Cecilia.
—Todo ha terminado. Pierde cuidado, ya no voy a quemar la casa de nadie —aclaró Estrella.
Es decir, si alguien allá afuera quería acoger a los Echeverría, era libre de hacerlo. Aunque seguramente no obtendrían nada a cambio. Después de todo, los miembros de la familia Echeverría ya no tenían con qué pagar favores.
***
Mariela, Isidora y Mónica recibieron la noticia de que tenían que mudarse.
—¡Ya cállate, por favor! —explotó Mónica.
Con solo escuchar el nombre de «Martín», se le revolvía el estómago del coraje. Pensaba en lo ciega que había sido para fijarse en una porquería de hombre como él.
Isidora, al oír el nombre de Martín, también se llenó de ira y se acercó para darle una buena bofetada a Mónica.
El golpe le volteó la cara. En ese momento, Mónica no podía sentirse más miserable y humillada.
—¡Eres una inútil! —le gritó Isidora.
Mónica no se defendió. Al cerrar los ojos, se le escaparon las lágrimas. Sí, era una completa inútil. De verdad se había ganado su miseria...
A Isidora le palpitaban las sienes de rabia. Si hubiera sido en otra ocasión, seguro le habría dado una buena paliza a Mónica sin pensarlo dos veces. Pero ahora ya no tenía ánimos para eso.
Al pensar en que estaban a punto de ser echadas a la calle, de verdad no tenía idea de a dónde ir.
¿Creían que por haber cedido iban a tener paz? No, todo se había acabado. Sus vidas de ahora en adelante iban a ser un verdadero infierno...

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