Sí, bajo estas circunstancias críticas, la única razón de peso para que alguien se la jugara por ella era porque los tenía agarrados del cuello por algún lado.
Si no, ¿por qué carajos se arriesgarían a echarle la mano?
Pero... ¿de quién era el trapito sucio que Mónica escondía?
El zumbido del celular cortó de tajo sus especulaciones.
Estrella miró la pantalla; era un número local de Inglaterra. Contestó de inmediato:
—¿Bueno?
—Soy yo.
La voz de Yolanda resonó por la bocina del teléfono.
Así que Yolanda también se encontraba en tierras inglesas.
Su tono de voz ya no derrochaba la soberbia de antes.
¡Se había tragado su orgullo!
Su derrota era más que evidente en la forma tan humillante en la que arrastraba las palabras.
Semejante actitud dejó helada a Estrella.
Jamás había cruzado por su mente ver a Yolanda pidiendo cacao, no había precedentes de algo así.
Siempre la tuvo catalogada como una mujer de hierro que no se doblegaba ante nadie.
Y es que Yolanda no solo tenía el corazón de piedra, también era una completa intransigente...
¡Lo que se le antojaba, lo agarraba por la fuerza a costa de lo que fuera!
Tener mano dura está bien, pero pasarse de lanza sin ningún motivo nunca traía cosas buenas.
Su actitud patanesca le había granjeado la enemistad de un sinfín de mujeres importantes en la alta sociedad a lo largo de los años.
—Señora Galindo —respondió Estrella con una sonrisa burlona.
Yolanda se quedó callada.
El aire pareció congelarse a través de la línea telefónica ante ese seco «señora Galindo».
Que ahora usaran la palabra señora con ella resultaba de lo más sarcástico.
¿Qué significaba ese «señora Galindo» en realidad?
Era un título diseñado para imponer respeto.
Pero curiosamente, el respeto era exactamente lo último que Estrella sentía por esa arpía.
Yolanda soltó el aire de a poco.
—Tenemos que vernos en persona.
A lo mucho habrían visto a Callum yendo a recibirla al aeropuerto y ya estarían tejiendo historias para adivinar qué tipo de relación tenían.
—Te lo suplico, déjame hablar contigo.
El verbo «suplicar» saliendo de los labios de Yolanda solo hizo que la sonrisa de Estrella se volviera más sarcástica.
¡Con lo alzada que era la vieja antes!
Siempre trató la vida de los demás como si no valiera un pepino. Si alguien le estorbaba el paso, con chasquear los dedos mandaba desaparecerlo de la faz de la tierra.
Hasta las señoras ricachonas de Nueva Cartavia que no la tragaban tenían que agachar la cabeza y tragar veneno ante sus desplantes.
Pero la vida daba muchísimas vueltas...
Al final la intocable Yolanda había sido derribada del pedestal.
Seguramente todas sus archienemigas de Nueva Cartavia estarían reventando botellas en pleno festejo todos los días al enterarse de su miserable desenlace.
—¿Qué caso tiene verte la cara? ¡Te advierto de una vez que no me voy a tocar el corazón contigo!
¿Acaso pretendía pedir piedad a estas alturas?
Qué lástima... Ya era demasiado tarde.
Puesto que ellas nunca se tentaron el corazón con la vida de otros, tampoco tenían derecho a suplicar una pizca de compasión ahora.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: ¡No te metas con la Cenicienta!
Está interesante la novela pero no sé qué pasa al estar en el capítulo 884 y adquirir monedas no está funcionando solo muestra el mensaje error qué pasa...