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¡No te metas con la Cenicienta! romance Capítulo 774

Yolanda: —Ya entendí mi error, le ruego que me deje en paz.

Estrella guardó silencio al escucharla.

Al oír que Yolanda volvía a usar la palabra «rogar», se dio cuenta de que ya la había llevado al límite.

—Lástima, no quiero dejarte en paz.

—¡He pagado el precio que querías! —soltó Yolanda, con la voz ahogada—. Incluso a mi propia hija, por ser tu castigo, ¡ni siquiera la ayudé!

Sus palabras salieron cargadas de desesperación.

Todo por culpa de Estrella...

Yolanda sabía muy bien que, por más que intentara proteger a Mónica, no serviría de nada. Estrella estaba decidida a hundirla en el pozo más profundo para que nunca más volviera a levantarse.

Si intentaba ayudar a Mónica, solo conseguiría una venganza aún peor.

Ayudarla solo le traería más pérdidas...

Estrella soltó una carcajada sorda.

—¿Acaso tienes los recursos para ayudarla?

Yolanda se quedó sin palabras.

Escuchar la burla descarada de Estrella hizo que su corazón se hundiera por completo.

Tenía razón...

¿Acaso tenía los recursos?

No...

Ya no le quedaba absolutamente nada.

Incluso si Mónica moría en Nueva Cartavia, ni siquiera podría ir a recoger su cuerpo.

¡A estas alturas ni siquiera podía regresar allá!

Todo estaba perdido en ese lugar; aunque quisiera volver a Nueva Cartavia, le resultaría imposible.

Jamás imaginó que llegaría a fracasar de esta manera.

Antes, nunca se le cruzó por la cabeza que algún día sería derrotada por una simple mocosa.

—¡Eres muy cruel! —siseó Yolanda a través de la línea, apretando los dientes al ver que no lograba convencerla de nada.

—El sentimiento es mutuo —respondió Estrella.

Si de crueldad se trataba, ¿quién podía ganarle a Yolanda?

Cuando ella destruía a otras personas, jamás les dejaba una salida.

Aquellas personas también le habrían suplicado en su momento, ¿no?

El agua caliente cayendo por su cabeza hizo que su cuerpo entrara en calor.

Sin embargo, envuelta en esa sensación acogedora, sentía que un par de ojos ardientes la observaban fijamente.

En un momento que debía ser de relajación, Estrella terminó bañándose llena de coraje.

Salió del baño.

Al final no aguantó más, se vistió y mandó a llamar a Malcolm.

Al verla tan alterada, Malcolm le preguntó:

—¿Pasó algo?

—¿Hay alguna forma de rastrear este número o llamarlo? —Estrella le tendió el celular.

Malcolm echó un vistazo al mensaje y su expresión cambió ligeramente.

Luego miró el rostro sombrío de Estrella.

—¿Es Alonso?

—Sí —asintió Estrella, frustrada.

Ese infeliz de Alonso se había largado, pero no dejaba de molestarla mil veces al día.

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