Violeta suspiró.
—La verdad es que no sé qué hacer ahorita. ¿Me das un consejo?
—¡Mi consejo es que empieces a amarrar navajas tú primero! —respondió Estrella.
Si decirle a Renato lo de los cien pesos se consideraba meter cizaña, entonces tenía que meterla sin dudar.
—¡Ay, no manches! ¿Cómo dices eso?
Violeta se quedó muda ante la franqueza de su amiga.
—Si me estás preguntando de esta forma, es porque en el fondo sí quieres tener al bebé, ¿verdad?
Violeta no supo qué contestar al principio.
Quería... pero a la vez no.
No era una pregunta fácil de responder.
—Si no hubiera pasado lo de los cien pesos, claro que querría tenerlo.
Pero esa maldita humillación seguía dando vueltas en su cabeza, haciéndola sentir terrible.
—Entonces, aborta —Estrella fue directo al grano.
—¿Ah? ¿Ni siquiera vas a intentar convencerme de lo contrario?
¡Qué directa había salido su amiga!
Ella le había marcado justo para que le diera ánimos o alguna palabra de consuelo, y ahora le salía con eso...
Violeta sintió un nudo en la garganta.
—¡Termina con Renato!
Violeta seguía sin dar crédito a sus oídos.
¡Ah, bueno! Así se apoyaban las mejores amigas, ¿no?
Aunque, pensándolo bien... cuando Estrella tuvo problemas con Alonso en el pasado, ella le había aconsejado exactamente lo mismo.
En ese entonces, la familia Echeverría trataba a Estrella de la patada.
¿Qué le había dicho Violeta a Estrella en ese momento?
Le había dicho... ¡que lo dejara para arrancar el problema de raíz!
—¿Ya se te olvidó lo que tú me dijiste una vez? —le preguntó Estrella al notar su silencio.
—Pues... es diferente —murmuró Violeta.
Había cosas que, cuando te tocaba vivirlas en carne propia, no eran tan fáciles de ignorar como cuando las veías desde afuera.
—Tú me dijiste que, para arreglar el problema de raíz, tenía que terminar con él.


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