Sus miradas se encontraron.
Al toparse con esa frialdad en los ojos del hombre, que vaciló por una fracción de segundo, la frustración y el resentimiento de Violeta se desbordaron por completo.
Las lágrimas se acumularon aún más en sus ojos.
Renato estaba furioso al principio.
Pero ahora, al ver a Violeta en ese estado, soltó un suspiro de impotencia:
—Tú...
La mano que le apretaba la barbilla la soltó.
Luego, él rodó a un lado, quitándose de encima.
Al desaparecer esa sensación de asfixia, Violeta soltó un ligero suspiro de alivio; pero al segundo siguiente, Renato se giró y la jaló hacia su pecho.
El perfume amaderado del hombre desprendía un aroma fresco y penetrante.
—De verdad que no sé qué hacer contigo. Te creo, ¿de acuerdo? —susurró Renato.
Le creía lo del asunto de los cien pesos.
Cuando Violeta se lo contó por primera vez, él no podía creer que su madre hubiera hecho algo así.
Pero ahora, lo creía...
—¿Acaso te obligué a creerme? —reprochó Violeta.
Por el tono resignado del hombre, parecía que ella lo estuviera forzando.
Pero, ¿qué importaba si él le creía o no? A estas alturas, su confianza era lo de menos.
—Entonces dime, ¿qué más quieres hacer? —insistió Renato.
Escuchar el tono rebelde y a la defensiva de Violeta lo estaba sacando de quicio.
Cuando no le creía, se ponía a la defensiva; y ahora que sí le creía, seguía con la misma actitud.
Definitivamente, ya no sabía cómo lidiar con esa mujer.
—Lo que quiero ya no es tu confianza —respondió ella.
En el fondo, todo esto había sido una prueba.
Y el resultado la había decepcionado profundamente; era exactamente lo mismo que había pasado entre Alonso y Estrella años atrás.
Ante ese panorama, lo mejor era no dar un paso más.
—Dime entonces, ¿qué es lo que quieres? —exigió Renato.
—¿Qué puedes darme tú?
Teniendo la familia Ibáñez unos ancianos igualitos a los de la familia Echeverría, ¿qué podía ofrecerle Renato? Parecía que no podía darle absolutamente nada.
—Hazme caso, yo me encargo de arreglarlo, ¿sí?
—Renato, la relación de Estrella y Alonso ha sido una pesadilla —dijo Violeta—. Ya quedó claro que, cuando la familia se opone, por más que luches, al final todo termina en un infierno.
—¡No compares nuestra situación con la de ellos! Nosotros somos diferentes.
Si hablaban de Alonso y Estrella.
El problema no era solo la interferencia de los familiares mayores; su propia relación ya estaba fracturada.
Y peor aún, tenían el estorbo de Mónica en medio...
—¿Diferentes en qué? ¿Acaso no tienes una bola de parientes como los de la familia Echeverría? ¿O me vas a decir que no tienes a tu propia Mónica estorbando? Porque tu mamá ya me enseñó el perfil de esa mujer.
A la amiga de la infancia de Renato. El historial de esa chica era impecable; con razón a todos los parientes de la familia Ibáñez les fascinaba la idea.
Con tan solo mencionar «el perfil de esa mujer», los brazos de Renato se tensaron al instante.
Esa sutil reacción de su cuerpo fue suficiente para que una punzada de amargura atravesara el corazón de Violeta.
Forcejeó un poco para soltarse de su abrazo y levantó la vista hacia él.
En ese momento, toda la firmeza había desaparecido del rostro del hombre.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: ¡No te metas con la Cenicienta!
Está interesante la novela pero no sé qué pasa al estar en el capítulo 884 y adquirir monedas no está funcionando solo muestra el mensaje error qué pasa...