Al girar la cabeza, se encontró con el rostro aterradoramente frío de Renato.
Violeta dio un respingo:
—Tú...
Al ver a Renato, Violeta se quedó desconcertada.
Un momento, ¿acaso no estaba en el quirófano? ¿Cómo era que ahora se encontraba en el carro de Renato?
Renato giró la cabeza para mirarla de reojo. Tras haber manejado toda la noche, los ojos del hombre estaban inyectados en sangre.
Sin embargo, lo más aterrador en ese momento era la mirada helada que le dirigía.
Violeta se quedó sin palabras.
—Por lo visto, a ti no te entran las palabras ni por las buenas ni por las malas, ¿verdad? —habló Renato con voz lúgubre—. ¿Qué te dije en los mensajes?
A pesar de todo lo que le había rogado por mensaje, ella seguía decidida a abortar sin mirar atrás.
Si no hubiera llegado a tiempo hoy, lo más seguro es que el bebé ya no existiría.
—¿Cómo puedes ser tan cruel? ¡Es una vida! —le reclamó Renato, apretando los dientes.
Violeta no supo qué contestar.
¿Cruel?
Al escuchar esas palabras de Renato, replicó:
—Mi mayor error fue no cuidarme para evitar este embarazo.
Ella también sentía mucha culpa por el bebé.
Pero no iba más allá de eso...
Si no era cruel ahora y abortaba, estaría siendo cruel con su propio futuro.
Le quedaba demasiado por enfrentar el resto de su vida...
¡Así que era mejor ser dura en ese momento!
Renato encendió un cigarro y le dio un par de caladas profundas. Poco después, el carro se detuvo.
Marcela, desde el asiento delantero, anunció:
—Señor Ibáñez, ya llegamos.
Como habían viajado toda la noche, era imposible regresar directo a Nueva Cartavia.
Por eso, Renato le había pedido a Marcela que reservara una habitación ahí mismo para descansar.
¡La puerta del carro se abrió!
Renato bajó primero y luego miró fríamente a Violeta, quien seguía adentro. Ella le sostuvo la mirada, sin ninguna intención de bajarse.
—¿Qué pasa? ¿Quieres que te cargue? —preguntó Renato.
—Estás... —Antes de que Violeta pudiera terminar, Renato la jaló fuera del carro y, sin darle tiempo a reaccionar, la cargó en brazos.
¡En cuanto le pidió terminar, sacó a relucir este lado tan despiadado!
Efectivamente, todos los hombres sabían fingir muy bien.
¡Cuando las cosas estaban bien, te decían «mi amor»! Pero a la primera de cambio, sacaban el cobre.
¿Seguro así trataba Alonso a Estrella antes, no?
Definitivamente, había que aprender de los errores ajenos.
Ahora Violeta estaba más decidida que nunca a terminar con Renato, pasara lo que pasara.
Renato apretó el agarre un poco más:
—Violeta, ¿no tienes corazón? Es una vida...
Las palabras «una vida» las pronunció apretando los dientes con rabia.
Violeta guardó silencio.
Al escuchar eso, sintió un nudo en el pecho, como si le faltara el aire.
En el momento en que levantó la vista hacia Renato, sus ojos se llenaron de lágrimas.
—¿Acaso no sé yo que es una vida? —dijo por fin, con la voz entrecortada por el llanto a punto de salir.
Renato se quedó mudo al verla así.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: ¡No te metas con la Cenicienta!
Está interesante la novela pero no sé qué pasa al estar en el capítulo 884 y adquirir monedas no está funcionando solo muestra el mensaje error qué pasa...