Capítulo 243
Aleksei y sus hombres habían logrado alcanzar el vehículo donde llevaban a Chloe. Desde el interior, el jefe de la dinastía Volkov dio instrucciones; aunque quisiera actuar personalmente en el rescate, sabía que su presencia podría implicar más problemas en el futuro si Julián Arango estaba realmente aliado con Vicenzo Greco.
- Manténganse alerta, no abran fuego si mi concuña corre peligro - dijo Aleksei mediante el intercomunicador.
Julián Arango se asomó por la ventana del carro, sudando frío. Estaba rodeado y reconoció de inmediato el despliegue táctico: eran los hombres de Aleksei Volkov. Buscó frenéticamente su teléfono en el suelo del vehículo; necesitaba comunicarse con Vicenzo Greco para que frenara a Volkov, consciente del pacto de no agresión que existía entre las familias.
- Vicenzo -soltó Arango con la voz entrecortada en cuanto le contestaron-, los Volkov me tienen cercado. Haz que se retiren, ¡tienes un pacto con ellos!
Chloe, aturdida, logró percatarse de la llamada. Si Arango lograba que Volkov se retirara, no tendría otra oportunidad de ser salvada. Con esfuerzo, logró sentarse en el asiento y, usando sus piernas atadas, dio un golpe que impactó a Arango contra la puerta del vehículo.
El golpe hizo que el teléfono de Arango saliera volando y que su cabeza rebotara contra el cristal.
- ¡Hija de puta! - gritó Arango aturdido.
Chloe no se detuvo. Con las manos atadas, logró tirar la manija, abrió la puerta y se dejó caer al suelo.
Arango, con la cara ensangrentada por el impacto contra el cristal, se asomó por la puerta abierta para intentar arrastrarla de nuevo hacia adentro.
Chloe se arrastró por el suelo, alejándose lo más que podía del Porsche mientras sus piernas seguían atadas.
Los hombres de Aleksei apuntaron sus armas; superaban en número a Arango, quien solo contaba con el chofer y un escolta.
- Jefe, dé la orden - dijo Vladimir.
Los dos hombres de Arango bajaron del vehículo y apuntaron a los Volkov, confiando en que no dispararían por tener a Chloe de rehén.
- ¡Vuelve aquí, maldita! -rugió Arango, saliendo del coche.
Aquellos dos hombres se distrajeron ante el grito de Julián Arango.
- Jefe -insistió Vladimir.
- Maten a esos dos perros -ordenó Aleksei.

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