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Quédate con tu cuñada, querido exesposo romance Capítulo 106

En ese momento, un abrigo negro de hombre se resbaló. Natalia lo apartó a un lado con indiferencia, se levantó y le dijo a su madre:

—Mamá, vamos a sentarnos a la sala de al lado.

Liliana miró hacia la cama del hospital; padre e hija dormían profundamente.

Al ver las ojeras de su hija por cuidar a la niña, Liliana se tragó las palabras que estaba a punto de decir.

Unos días después, Denisa regresó al país tras dar una vuelta por el extranjero.

Dudó una y otra vez sobre aquellas fotos de Luca que tenía en su celular, pero al final no se atrevió a enviarlas.

Nada más llegar al país, Denisa se apresuró a ir a la empresa Altium Médica; había una reunión esperándola como directora.

Al terminar la reunión, Denisa se quedó discutiendo los detalles con algunos de los altos directivos.

Sonó el teléfono fijo.

—Señora Palma, en recepción hay una señora que afirma ser su madre y quiere verla.

Los dedos de Denisa se tensaron alrededor de la pluma.

¿Su madre?

Diecinueve años atrás, en aquel accidente de coche, su padre había muerto en el acto y su madre había desaparecido sin dejar rastro. Para Denisa, ella misma era huérfana.

Pero ahora, una mujer que aseguraba ser su madre la estaba buscando.

—¿Señora Palma? —preguntó la recepcionista al otro lado de la línea—. ¿Quiere que la haga pasar?

Denisa sintió que la cabeza le daba vueltas. Tomó una gran bocanada de aire y respondió:

—Pídales que me esperen en la sala de juntas número tres.

Pocos minutos después, Denisa empujó la puerta de la sala de juntas número tres y entró.

La mujer sentada en el sillón le pareció tan desconocida como familiar.

Sin embargo, esos ojos rasgados y ligeramente levantados en las esquinas eran extremadamente parecidos a los suyos.

Junto a la mujer de mediana edad estaba sentada una muchacha de unos dieciocho o diecinueve años, cuyos rasgos también se parecían en gran medida a los de Denisa. Llevaba un vestido extravagante, el cabello castaño y largo, y unos audífonos. Estaba con la cabeza agachada, revisando su celular, y al ver a Denisa solo levantó la mirada un par de segundos.

—Denisa… —La mujer se puso de pie, con la voz temblorosa, e hizo el ademán de acercarse para tomarle las manos.

—¡No me toque! —Denisa retrocedió tres pasos, marcando su límite de inmediato—. Si tiene algo que decir, dígalo sentada.

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