La mañana del sábado, tras una ligera llovizna, el cielo tenía un tono gris azulado y el aire olía a tierra mojada.
Natalia se levantó muy temprano y vistió con mucha ternura a su hija, que todavía seguía medio dormida.
Le puso una sudadera lila con patitos estampados, un overol de mezclilla y le recogió el cabello largo en una colita. Se veía preciosa.
Ella, por su parte, se puso un vestido largo de color almendra muy cómodo y encima una gabardina beige. Se recogió el cabello negro en un chongo bajo. Se veía menos formal y con un toque más hogareño y relajado.
—¡Mami! ¡Yo también le preparé un regalo al abuelo! —dijo la pequeña muy emocionada, ya en el coche con su mochilita puesta.
—¿De verdad? Seguro que tu abuelo se pondrá muy feliz.
—¡Sí!
El coche salió de la tranquila avenida del residencial y se dirigió hacia el otro extremo de la ciudad, donde vivía la familia Ortega en la zona habitacional de la universidad.
Bajó la ventana a la mitad para dejar entrar la brisa fresca de la mañana, lo que las ayudó a despertarse por completo.
La niña se asomó por la ventana, observando las calles con curiosidad y alegría.
Alrededor de una hora después, el coche se detuvo frente a una casa de ladrillo gris que ya mostraba el paso de los años.
A diferencia del lujo y la estricta seguridad de la familia Torres, este lugar tenía un ambiente más intelectual y tranquilo.
Carlos, un profesor de física jubilado, seguía dando clases por horas en la universidad. Liliana, por su parte, administraba varias farmacias y se había convertido en una pequeña empresaria.
Liliana vio el coche de su hija y se acercó emocionada, ansiosa por abrazar a su nieta.
—¡Abuela, buenos días! —saludó Iria con mucha educación y entusiasmo.
—Qué niña tan linda —dijo Liliana con ternura, acariciándole el pelo y ayudándola a bajar del coche.
—¿Y Luca? —preguntó Liliana al notar que solo venían ellas dos en el coche.
—Él… tenía unas cosas que hacer hoy y no pudo venir. —Natalia no se atrevió a decir la verdad: que la noche anterior, Luca había desaparecido y no pasó la noche con ella en la habitación.
—¿Tanto trabajo tiene en la empresa? —Liliana suspiró, escrutando con la mirada el rostro de su hija. Conocía perfectamente a Natalia: si algo malo pasaba, jamás diría nada.
—¡Sí, un poco! —respondió Natalia con una sonrisa forzada.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Quédate con tu cuñada, querido exesposo