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Quédate con tu cuñada, querido exesposo romance Capítulo 298

—¡Abuela! —Luca se indignó de inmediato—. Sé que no te agrada Denisa, que crees que no es digna de la familia Torres. Pero en todos estos años, ella jamás nos ha traicionado. ¿Por qué te empeñas en hacerle la vida imposible?

—¡Eres un inconsciente! —La anciana se puso de pie, furiosa, señalándole el rostro—. Ayer dejaste a tu mujer sola en el hospital para irte a no sé qué fiesta en un crucero. ¿No te da vergüenza ser el hazmerreír de la gente?

—¿Quién se atrevería a burlarse? —El semblante de Luca se ensombreció—. Fue un simple compromiso de negocios. No hay motivo de burla.

La abuela lo observó. Sus ojos reflejaban decepción, dolor y una profunda fatiga.

Dicen que no hay peor ciego que el que no quiere ver, y en ese momento parecía ser completamente cierto.

—¡Luca! —La voz de la anciana se suavizó un poco—. Solo espero que te des cuenta de lo que estás haciendo.

Los ojos de Luca seguían gélidos, sin darle mayor importancia.

—Si sigues haciéndote el terco, ten mucho cuidado, no vaya a ser que se te vaya tu mujer —le advirtió la anciana señalándolo—. Y cuando eso pase, no cuentes conmigo para ayudarte a rogarle.

Luca respondió con un tono despreocupado:

—Si se quiere ir, ¿para qué le ruego? En el amor, nunca obligo a nadie, y tampoco me rebajaría a hacerlo.

Al escuchar eso, la abuela estuvo a punto de desmayarse del coraje y le dio un par de manotazos en el brazo.

—¡Nieto malagradecido! Más te vale cuidar bien a Natalia. No se te olvide los enormes beneficios que le ha traído al grupo y a Altium Médica. ¡No eches a perder las cosas!

Dicho esto, se dio la vuelta y se fue, dejando a Luca plantado en su sitio, inmóvil.

Al enterarse de que la anciana había salido de la casa familiar, Denisa corrió de inmediato hacia allá.

Sacó la caja de cuero de la habitación y la llevó al exterior, junto al bote de basura donde antes se habían quemado las cosas de Adrián. Ahí, le prendió fuego y observó cómo se consumía.

Las llamas devoraron la parte donde estaba grabada la letra "T", reduciéndola a cenizas.

Martina estaba a un lado, echando un poco más de leña, sin atreverse a decir ni una palabra.

Denisa miró el fuego y esbozó una leve sonrisa.

Por último, volteó y le metió una pulsera de oro en la mano a Martina, suplicándole:

—Martina, si alguien llega a preguntar por esta caja en el futuro, te pido de favor que me guardes el secreto.

Martina se sorprendió, pero con tal de quedarse con la pulsera, asintió.

—Claro, señorita. De todos modos, no parecía que hubiera nada de valor adentro.

—Así es, no había nada de valor —concluyó Denisa, antes de darse la vuelta para irse.

Justo cuando estaba por arrancar su coche para irse, la camioneta de la señora Josefa regresó inesperadamente. Denisa se asustó e intentó hacer a un lado su coche, pero la camioneta se cruzó bruscamente en el camino, bloqueándole la salida por completo.

El corazón le dio un vuelco. Se bajó a toda prisa, tensa e inquieta, y agachó ligeramente la cabeza en dirección a la puerta del otro vehículo.

—¡Abuela!

La anciana se bajó de la camioneta y la miró de reojo.

Denisa se puso pálida del susto. Era cierto, a la vieja no se le escapaba nada.

—Abuela, estoy segura de que hay un malentendido —explicó Denisa forzando una sonrisa.

—Deja de ilusionarte con Luca, o te la vas a ver conmigo.

—Abuela, no es así... —Las lágrimas de Denisa empezaron a brotar por el terror—. Se lo juro que no es así.

—¿Que no? ¿Estás segura? —Los agudos ojos de la anciana se clavaron en los suyos—. ¿Te atreves a jurarlo?

—Lo juro. —Sin dudarlo un segundo, Denisa levantó la mano—. Que me caiga muerta si alguna vez he tenido otras intenciones.

La anciana se sorprendió ante aquella reacción. Sin duda, era una mujer de armas tomar.

Cuando se lo proponía, podía ser tan despiadada que ni siquiera tenía piedad consigo misma.

Mientras más demostraba esa faceta, más peligrosa le parecía a la abuela. A alguien así de retorcida no se le debía permitir seguir en la familia Torres. Tenía que echarla para poder vivir tranquila.

—Suficiente —la anciana levantó la mano para hacerla callar—. No quiero seguir escuchando esas palabras vacías.

Denisa entró en pánico.

—Abuela, le doy mi palabra de que jamás volveré a hacer nada inapropiado.

—No me interesan tus juramentos ni tus garantías. Ya tomé la decisión de casarte. Si no funcionó con el muchacho de los Suárez, alguien más saldrá. Alguno tiene que ser el indicado.

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