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Quiere Mi Corazón, Me Caso con Ciego Rico romance Capítulo 114

En ese momento, Ofelia Ibáñez la llamó por teléfono, por lo que Valeria se quedó en el baño conversando con ella un rato. Cuando por fin salió, ya habían pasado más de diez minutos.

Justo al doblar la esquina, una mano grande apareció de la nada y la jaló bruscamente.

—¡Maldita sea...!

Al levantar la vista, se encontró con Mauricio Guzmán.

Estaban tan cerca que sus respiraciones se mezclaban. La luz en las escaleras de emergencia era muy tenue, y como el hombre estaba a contraluz, no podía distinguir la expresión de su rostro, pero el aura de peligro que emanaba era imposible de ignorar.

A Valeria se le cortó un poco la respiración.

—Mauricio, ¿qué crees que haces?

—¿Qué hago?

Él soltó una carcajada amarga.

—Dime tú qué hago. Valeria, ¿desde cuándo juegas a dos bandos? ¿Me provocas a mí mientras te enredas con Alejandro Silva?

¿Enredarse?

Estar con su propio esposo era su derecho indiscutible.

Valeria esbozó una sonrisa burlona y habló sin alterar su tono.

—Mauricio, ¿no crees que estás siendo demasiado paranoico? ¿O de verdad crees que tengo opción de negarme cuando Alejandro me pide que lo acompañe al hospital?

—Ah.

Mauricio rio con frialdad.

—¿Tú, Valeria Figueroa, sin opción de negarte?

¡Si ella era la mujer más audaz que conocía! ¿Acaso había alguien a quien no pudiera decirle que no?

Valeria expuso los hechos con total tranquilidad:

—Estamos en una relación amorosa.

—...

Mauricio simplemente no podía creer que Valeria se hubiera fijado en un ciego, y mucho menos que Alejandro Silva estuviera interesado en alguien con problemas cardíacos.

Mientras su mente trabajaba a toda velocidad, de repente, se le ocurrió algo.

Respiró hondo.

La soltó.

—Valeria, lo trajiste al Hospital Central a propósito solo para provocarme, ¿verdad?

—...La verdad, no.

—¿Quieres que sienta celos?

—...Tampoco.

—Repítelo.

Los ojos de Valeria se enrojecieron un poco, pero no intentó defenderse.

Lo miró fijamente a los ojos. Había una mezcla de burla y una desilusión tan profunda que rozaba el resentimiento.

—¿Y qué si lo repito? ¿Acaso dije alguna mentira?

Una lágrima involuntaria se deslizó por su hermoso rostro.

Fue como si Mauricio se hubiera quemado con ella, porque la soltó al instante.

—Vale...

Apretó los puños, luego los relajó y habló con voz contenida:

—No entiendo por qué sigues obsesionada con Rosalía. Yo solo la cuido, ella no te afectará en nada.

¿No la afectaría?

Solo la existencia de Rosalía ya le provocaba asco.

¿Cómo iba a permitir que su propio hombre se enredara con ella?

Valeria sabía que discutir sobre eso no serviría de nada. Se frotó el cuello sin cambiar su expresión.

—Pero si te llevas mi válvula cardíaca, la que se convertirá en una enferma crónica seré yo.

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