En ese momento, Ofelia Ibáñez la llamó por teléfono, por lo que Valeria se quedó en el baño conversando con ella un rato. Cuando por fin salió, ya habían pasado más de diez minutos.
Justo al doblar la esquina, una mano grande apareció de la nada y la jaló bruscamente.
—¡Maldita sea...!
Al levantar la vista, se encontró con Mauricio Guzmán.
Estaban tan cerca que sus respiraciones se mezclaban. La luz en las escaleras de emergencia era muy tenue, y como el hombre estaba a contraluz, no podía distinguir la expresión de su rostro, pero el aura de peligro que emanaba era imposible de ignorar.
A Valeria se le cortó un poco la respiración.
—Mauricio, ¿qué crees que haces?
—¿Qué hago?
Él soltó una carcajada amarga.
—Dime tú qué hago. Valeria, ¿desde cuándo juegas a dos bandos? ¿Me provocas a mí mientras te enredas con Alejandro Silva?
¿Enredarse?
Estar con su propio esposo era su derecho indiscutible.
Valeria esbozó una sonrisa burlona y habló sin alterar su tono.
—Mauricio, ¿no crees que estás siendo demasiado paranoico? ¿O de verdad crees que tengo opción de negarme cuando Alejandro me pide que lo acompañe al hospital?
—Ah.
Mauricio rio con frialdad.
—¿Tú, Valeria Figueroa, sin opción de negarte?
¡Si ella era la mujer más audaz que conocía! ¿Acaso había alguien a quien no pudiera decirle que no?
Valeria expuso los hechos con total tranquilidad:
—Estamos en una relación amorosa.
—...
Mauricio simplemente no podía creer que Valeria se hubiera fijado en un ciego, y mucho menos que Alejandro Silva estuviera interesado en alguien con problemas cardíacos.
Mientras su mente trabajaba a toda velocidad, de repente, se le ocurrió algo.
Respiró hondo.
La soltó.
—Valeria, lo trajiste al Hospital Central a propósito solo para provocarme, ¿verdad?
—...La verdad, no.
—¿Quieres que sienta celos?
—...Tampoco.


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