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Quiere Mi Corazón, Me Caso con Ciego Rico romance Capítulo 146

Quizá era la última gota de dignidad que le quedaba como hija de una familia de alcurnia.

Con voz débil y baja, murmuró:

—Bueno, ya estoy bien. Usted y la señorita Figueroa ya pueden irse.

Ella esperaba que Alejandro dijera algo, pero no dijo absolutamente nada. Simplemente dejó escapar un 'que descanses', se dio la media vuelta y salió.

Valeria alzó levemente una ceja y se apresuró a seguirlo.

Al salir.

Alejandro se detuvo en seco y le ordenó a Santiago:

—Avisa a la familia Garza. No te vayas hasta que llegue su gente.

—Sí, señor.

Con eso, el asunto quedó cerrado.

En el camino de regreso, Valeria conducía mientras de vez en cuando echaba vistazos al hombre sentado a su lado.

Él mantenía los ojos cerrados. No sabía si se había quedado dormido o si simplemente no tenía ganas de cruzar palabra con ella.

Siendo honesta, a pesar de los días que llevaban juntos, Valeria seguía sin lograr descifrarlo.

Si decía que sentía algo por Aitana, no parecía haberle mostrado la menor piedad.

Pero, si era tan indiferente...

Cualquier asunto relacionado con Aitana parecía provocarle alguna reacción.

¿Acaso todo esto era en verdad porque le había herido el orgullo al rechazar su declaración?

—Fui yo quien avergonzó a Alejandro, es... comprensible que esté enojado.

En el hospital, Aitana yacía en la cama de la habitación, acompañada de su madre, Julieta.

Julieta estaba preocupada por la salud de su hija, pero a la vez sentía una profunda frustración hacia ella. Hasta ese mismo día, no se había enterado de que Alejandro se le había declarado.

—Si ya sabes que le heriste el orgullo, ¿por qué sigues tan terca? Si Alejandro vino a verte es porque todavía siente algo por ti, y tú... ¡y tú simplemente lo echaste!

—¿Entonces qué querías que hiciera?

Pero esa mujer solo tenía una cara bonita, tal vez simplemente la había buscado al azar para darle celos; si no, ¿por qué la habría llevado a verla al hospital?

Pero... ¿realmente sería solo eso?

Aitana se dio cuenta de que ya ni siquiera estaba segura de sus propias certezas.

Recordó lo íntimos que se veían Valeria y Alejandro juntos. Algunas de las ideas que antes consideraba verdades absolutas, de pronto comenzaron a resquebrajarse, haciéndola sentir un frío escalofriante en todo el cuerpo.

Al ver a su hija tan desolada y abatida, Julieta sintió lástima, le tomó la mano y le dijo con voz suave:

—Aitana, la cosa más estúpida que puede hacer una mujer por un hombre es lastimarse a sí misma. Mírate en este hospital, ¿de qué te sirve?

—Mamá... ¿entonces qué debo hacer?

—Seguro ya investigaste a esa mujer, ¿no es una don nadie?

—Es la hija de la familia Figueroa de Puerto Azul, una familia sin importancia. Además, la tienen marginada, es como si la hubieran echado.

—Entonces está con Alejandro solo por su dinero —Julieta sonrió con seguridad—. ¿Qué poder real podría tener una mujer que se deja comprar con dinero?

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