Valeria simplemente trataba a Alejandro como a un ciego. Claro, si pudiera ver, probablemente las cosas no terminarían solo en quitarse la ropa.
Lanzó el camisón a un lado sin darle importancia y continuó cepillándose los dientes.
En el espejo limpio de cristal, se reflejaba la piel de porcelana de la mujer.
Llevaba únicamente ropa interior. Su cintura en forma de reloj de arena era increíblemente estrecha, y un poco más arriba... destacaba su figura envidiable, con las delicadas clavículas unidas a un cuello de cisne, y su largo cabello suelto de forma descuidada.
La imagen parecía una exquisita obra de arte enmarcada perfectamente dentro de los bordes del espejo rectangular.
Los ojos del hombre se oscurecieron aún más, volviéndose tan profundos que parecía que podrían soltar tinta en cualquier momento.
Valeria se cepillaba los dientes, de vez en cuando levantando la vista para echarle un ojo.
No decía nada.
Simplemente volvía a mirarlo cada tanto.
Con el rostro completamente helado, Alejandro se enjuagó la boca y se dio la media vuelta para salir.
Apenas había dado un paso cuando sintió que los brazos de la mujer lo rodeaban por detrás, agarrándolo por la cintura. Seguía con el cepillo de dientes en la boca y estaba llena de espuma.
Balbuceó sin articular bien:
—¿No me vas a esperar?
—...
Alejandro bajó la mirada hacia las manos entrelazadas en su cintura y, con voz ronca, dijo:
—¿Cuántos años tienes? ¿Aún necesitas que te esperen?
—Tengo dieciocho.
—...
Como era una reverenda tontería, no tenía caso ni responder.
Valeria permanecía pegada a su espalda. A través de la delgada capa de tela, el calor corporal de ambos se mezcló con rapidez, y Alejandro podía sentir perfectamente todas las curvas de su cuerpo contra él.
—Suéltame.
—Ah.
Soltó un brazo para seguir cepillándose los dientes, pero dejó el otro cruzado alrededor de su cintura.
Temiendo que fuera a salir corriendo, se asomaba hacia adelante con esos grandes ojos expresivos para cerciorarse de que siguiera ahí.
—No te vayas.
—Solo me enjuago la boca... ¡espérame!
Las mandíbulas de Alejandro se mantuvieron en constante tensión. Cerró los ojos con fuerza y los volvió a abrir. En el marco de metal de la puerta de enfrente, se reflejaba la silueta de la mujer moviéndose de un lado para otro apresuradamente. Cada uno de sus movimientos era tan hermoso que parecía sacado de una película.
Un momento después, ella dio brincos hasta darse la vuelta y acercarse hacia donde él estaba.


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