Valeria se detuvo un segundo y volteó.
La iluminación era pésima, y el hueco de la escalera estaba tan oscuro como una cueva. El hombre, de pie en el umbral, tenía la mitad de su apuesto rostro sumido en las sombras.
Ella soltó una carcajada suave.
—La manera de coquetear del señor Zepeda es bastante... atrevida.
Leonel tiró la colilla al piso y la apagó con la punta del zapato.
Avanzó dos pasos hasta quedar frente a ella.
Una ventana entreabierta dejó entrar una ráfaga de aire, llevando el aroma del hombre hasta su nariz. Olía a madera profunda.
—Preguntarte esto es darte una oportunidad. Señorita Figueroa, de nada sirve hacerse la desentendida.
Sus palabras parecían un acertijo.
Valeria alzó la mirada, fingiendo confusión.
—Pero de verdad no lo he visto nunca.
—¿No has estado en Inglaterra?
—...Sí. Estudié allá un par de años.
Eso no era ningún secreto. Si él quería investigarlo, lo descubriría en un abrir y cerrar de ojos.
Leonel no dijo nada. Sus ojos profundos eran como un abismo infinito, haciendo imposible descifrar qué estaba pensando.
Valeria dio medio paso atrás con disimulo. Estaba demasiado cerca; ya había invadido su espacio personal.
Este hombre era un tanto inquietante.
Tenía un aura entre la justicia y la perversión: peligrosa, misteriosa y seductora.
—¿No me estará confundiendo el señor Zepeda con otra persona? —Valeria estiró los dedos con pereza y se recargó de costado contra la pared. Su postura era relajada y magnética, como si dijera: *Si quieres hablar, hablemos*.
—¿Acaso busca a un amor a primera vista al que nunca pudo encontrar?
Leonel soltó una carcajada baja, y la sonrisa en la comisura de sus labios estaba llena de un encanto rebelde.
Se movió hacia ella, sin darle tiempo a reaccionar, y apoyó un brazo contra la pared, justo al lado de su oreja. La acorraló, en la clásica postura para no dejarla escapar.
A esa distancia, parecía que sus respiraciones se entrelazaban.
—¿Y si dijera que sí?
—Entonces, definitivamente, se equivocó de persona —respondió Valeria con calma, ignorando por completo la tensión coqueta que él intentaba crear.
—Hace cinco años, en un bar de Inglaterra, una mujer me jugó una mala pasada y encima me robó todo el dinero que llevaba encima. Dime... ¿no debería buscar a esa mujer para cobrármelas?
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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Quiere Mi Corazón, Me Caso con Ciego Rico