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Quiere Mi Corazón, Me Caso con Ciego Rico romance Capítulo 360

A la orilla del lago hacía aún más frío que en la calle.

Llevaba las piernas descubiertas y sintió cómo se le ponía la piel de gallina.

Valeria se abrigó mejor con el abrigo y avanzó dejándose guiar por la intuición en medio de la penumbra. Poco después, divisó una silueta parada allí.

¿Cómo describirla?

Medía un poco más de un metro setenta, de figura esbelta y elegante.

Bajo su abrigo blanco inmaculado, asomaban unas pantorrillas pálidas y hermosas, calzadas con tacones de punta color piel. Su cabello corto y pulcro dejaba ver unas orejas perfectas, adornadas con pendientes de diamantes que destellaban en la oscuridad.

Valeria la observó por unos momentos antes de acercarse y pararse a su lado.

—¿Verdad que hace mucho frío en San Cristóbal?

—Sí.

La mujer miraba al frente, sin voltear a verla, y su tono de voz no mostró ninguna alteración.

—No entiendo por qué te quedas en un lugar tan horrible.

—Es igual en cualquier parte.

En el fondo, todo era lo mismo.

—Es cierto.

La mujer sonrió levemente, dejando al descubierto un rostro deslumbrante que no mostraba el menor rastro del paso del tiempo, a pesar de que ya tenía treinta y cinco años.

Valeria realmente no sabía cómo iniciar la conversación. Aunque sabía que, le dijera lo que le dijera, esa persona la ayudaría, en el fondo odiaba verla hacer cosas en contra de su voluntad.

—Puedo encontrar la manera de darle largas a Esteban, no tienes que preocuparte por mí.

Soltó un suave suspiro.

—Si no logra encontrarte, al final se dará por vencido, ¿verdad?

¿Cómo podría alguien desperdiciar toda su vida en algo sin esperanzas?

Incluso si él estuviera dispuesto, la familia Valenzuela no lo permitiría.

Finalmente, Diana giró la cabeza. Sus ojos brillantes irradiaban un cariño maternal; más que a una amiga, miraba a Valeria como si fuera su propia hija.

—Estás cada vez más hermosa.

Valeria soltó una carcajada de inmediato.

—Parece que... solo vinimos a ponernos al día.

—Las cosas de familia son más importantes que todo lo demás.

—Ya te lo había dicho antes, tienes que ser feliz —la interrumpió Valeria, abriendo los brazos para abrazarla—. A fin de cuentas, Esteban no me hará nada malo, después de todo compartimos un lazo de sangre. Si te sacrificaras, entonces sí que no podría dormir en paz.

La profunda conexión entre dos mujeres no requería de grandes sacrificios ni demostraciones exageradas.

Valeria comprendía a Diana.

Al igual que Diana la veía como a una hija y sabía que ella no deseaba cargar con esa culpa.

Diana asintió y, al soltarla, sacó una tarjeta de su bolsillo.

—Me enteré de que te casaste. No te traje ningún regalo, así que cómprate lo que quieras.

—No lo...

—Sé que no te falta dinero, pero es un detalle de mi parte, no lo rechaces.

Valeria soltó un suspiro de resignación.

—De acuerdo.

Diana sonrió. Justo en ese momento, un fuerte estruendo resonó a lo lejos y unos fuegos artificiales estallaron en el cielo nocturno, iluminando su rostro impecable.

—Me tengo que ir, cuídate mucho.

Y así se marchó, perdiéndose en la distancia.

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