Valeria contuvo la respiración de inmediato. Antes de que pudiera reaccionar, la puerta se abrió. Ella se agachó rápidamente y se escondió en un rincón detrás de la cabecera de la cama, ocultándose de la vista por el momento.
Pero eso solo le daría un poco de tiempo.
El hombre entró con pasos rápidos y su agudo instinto no tardó en dar con su escondite.
Valeria intentó echarse a correr, pero el individuo le agarró la muñeca con una fuerza brutal, sin mostrarle ni una pizca de piedad.
—¡Alejandro!
Apenas el grito de Valeria escapó de sus labios, el hombre le arrebató el celular y lo arrojó lejos.
—¿Alejandro Silva? Ya averigüé; él está fuera de la ciudad en este momento y no puede venir a socorrerte. ¡Incluso si mueres aquí, se enterará cuando tu cadáver ya esté frío!
La respiración de Valeria se agitó y levantó la vista para mirarle la cara.
El sujeto llevaba una gorra y un cubrebocas que le ocultaban casi todo el rostro; solo se le veían unos ojos sombríos.
—¡Vuelve a hacer un solo ruido y te mato enseguida!
Su voz macabra rebosaba amenaza, mientras la inmovilizaba presionándole los hombros contra el suelo.
Su manera de moverse denotaba que era un profesional; era obvio que estaba entrenado.
Valeria sintió un escalofrío que le recorrió el cuerpo y sus ojos se llenaron de terror.
—¿Quién te envió? Te pagaré el doble de lo que te haya dado.
—Ja —escupió el hombre, soltando una risa gélida, para luego arrojarla con brusquedad sobre la cama—. Qué generosa es la señorita Valeria. Pero mi oficio tiene sus códigos. Si ya recibí el dinero, no puedo traicionar a mi cliente. Si cooperas, te aseguro que saldrás viva; pero si te resistes...
El mensaje era claro.
Si no cooperaba, no se sabía qué le haría.
Él empezó a quitarse la ropa.
El color huyó del rostro de Valeria. Aquella zona estaba compuesta por residencias independientes; no había nadie alrededor... Aunque gritara hasta romperse las cuerdas vocales, nadie acudiría a salvarla.
Justo cuando el hombre se disponía a lanzarse sobre ella de nuevo, ¡se escuchó un golpe seco!
El intruso fue derribado de una patada.
Con la mirada temblorosa, Valeria volteó y vio a Alejandro.
Antes de que ella pudiera alegrarse, el hombre se incorporó a la velocidad del rayo.
Pero apenas abrió la puerta, chocó de frente con los guardaespaldas que venían del primer piso.
Santiago dio la orden tajante: —¡Atrápenlo!
Por muy ágil que fuera, no pudo contra tantos, y en un instante lo sometieron contra la pared.
Dentro de la habitación, la inmaculada camisa de Alejandro ya estaba manchada a la mitad. El aire se llenó del inconfundible olor metálico de la sangre.
Valeria parecía paralizada, mirándolo con culpabilidad.
—Tú... estás herido.
Alejandro le devolvió una mirada glacial.
—Oye... discúlpame, no lo hice a propósito. Fue un instinto puro y duro, ¿me entiendes?
En aquel momento, vio que el hombre empuñaba un cuchillo y se abalanzaba para atacar, así que jaló a Alejandro.
—Gracias a ti; si no hubieras hecho eso, ninguno de los dos habría salido herido.
Valeria se frotó la nariz, sintiéndose un tanto culpable.

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