Siendo así, Valeria no tenía razón alguna para contrariarla.
Se despidió dándole las buenas noches con educación.
Subió las escaleras desde la entrada principal, con una actitud tan tranquila como si simplemente *por accidente* hubiera caído al piso de abajo y ahora regresara a su cuarto sin el menor remordimiento.
Al día siguiente, a las siete de la mañana, Úrsula ya estaba golpeando la puerta para despertarla.
Afortunadamente, Valeria no tenía la costumbre de dormir hasta tarde, por lo que se arregló con rapidez.
Abrió la puerta, levantó la mano saludando con la palma abierta y exclamó:
—Hola, buenos días, Úrsula.
Las comisuras de los labios de Úrsula se contrajeron levemente, y con un tono muy formal, le respondió:
—Señorita Figueroa, le sugiero que me llame gobernanta. Dudo mucho que a la señora le haga gracia ese nivel de confianza.
—De acuerdo, Úrsula.
Valeria bajó las escaleras junto a ella y preguntó en voz baja:
—¿De qué humor está hoy la señora Esmeralda?
—Nuestra regla principal es nunca adivinar el humor de nuestra empleadora.
...
Hablaba como un robot.
Pero había que admitir que el sistema de formación de empleados de la familia Silva era muy eficiente y casi infalible.
Al llegar al comedor, Esmeralda ya estaba sentada en la mesa con postura perfecta, con maquillaje y su cabello impecablemente recogido, aunque hoy llevaba un accesorio adicional: un pasador con un delicado tallado de piedra de jade.
De no ser por las palabras que pronunciaba, Esmeralda era la mujer más elegante que Valeria había conocido. No parecía real, sino más bien una aristócrata salida de un retrato de época.
Comía y tomaba su bebida sin emitir sonido alguno, tomando bocados pequeños, proyectando una imagen refinada y perfecta.
—Buenos días, mamá.
Valeria saludó en un tono afable.
Esmeralda se limitó a mirarla.
—Siéntate.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Quiere Mi Corazón, Me Caso con Ciego Rico