Valeria miró al novio que tenía frente a ella.
En tan solo unos días, no solo había elegido proteger a Rosalía en un momento crítico, sino que ahora la acusaba a ella de ser agresiva y hostil, y de aferrarse a sus quejas.
Apretó ligeramente los puños y, de pronto, soltó una carcajada.
—Que ella no me caiga bien no es un secreto, ¿verdad? Incluso cuando no tengo la razón no me quedo callada, así que, si la tengo, ¿por qué debería perdonarla?
El ceño de Mauricio se frunció cada vez más, y su inconformidad era más que evidente.
La mirada de Valeria destilaba sarcasmo. Extendió la mano y tomó la muleta que estaba a su lado.
—Si te molesta tanto escuchar cosas feas, la solución es muy sencilla —dijo ella apoyándose en la muleta, con su largo cabello rizado cayendo libremente sobre sus hombros. Su actitud displicente solo resaltaba su belleza deslumbrante—. ¿Por qué no te mudas? Al fin y al cabo, tu querido suegro tiene dinero de sobra para mantenerte, ¿no es así?
Y vaya si tenía dinero para ella.
Desde que Humberto aceptó a Rosalía de vuelta en la familia, complacía cada uno de sus caprichos.
Incluso si le pidiera las estrellas del cielo, él encontraría la forma de bajárselas a su adorada hija.
Y ahora, para colmo, tenía a Mauricio a su disposición.
Mauricio iba a replicar, pero Rosalía se interpuso entre los dos, asumiendo el papel de mediadora y pacifista.
—Hermana... hoy todo fue culpa mía. Si no hubiera sido por mi culpa, no habríamos retrasado al doctor Guzmán y habrías tenido tu pato asado a tiempo. Te pido una disculpa, ¿sí?
Miren nada más. Qué comprensiva y madura.
Sin embargo, esa supuesta madurez solo hizo que la ira incontrolable en el pecho de Valeria ardiera con más intensidad.
—De acuerdo —respondió Valeria con una risa glacial—. Pero si te vas a disculpar, hazlo bien. Mañana le daremos el día libre a la empleada. Qué te parece si te encargas tú de cocinar.
—¡Valeria!
Mauricio pronunció su nombre con severidad.
—¡No cruces la línea!
—No pasa nada, doctor Guzmán —interrumpió Rosalía, dedicándole una sonrisa dulce, aunque las comisuras de sus ojos revelaban una tristeza palpable—. Yo sé cocinar. Además, prepararle la comida a mi hermana es lo menos que puedo hacer.
Al escucharla decir eso, Mauricio no protestó más.
Le dirigió una mirada profunda a Valeria antes de volver a dirigirse a Rosalía con ternura:
—¡Oh, en seguida!
Mientras Rosalía se acercaba a abrir las alacenas, él apenas le dedicó una rápida ojeada a Valeria. Su actitud hacia ella fue considerablemente más fría.
—¿Ya te lavaste? Si es así, siéntate, ya vamos a servir.
Valeria no pronunció palabra y descendió lentamente los escalones.
Últimamente sus horarios estaban bastante alterados y se había levantado cerca del mediodía.
Era obvio que ese par de tortolitos habían salido a desayunar juntos, luego fueron de compras al mercado y regresaron a cocinar, como si fuera la rutina de cualquier día.
Realmente actuaban igual que una pareja de esposos felizmente casados.
Valeria bajó la mirada, reprimiendo todas las emociones y encerrándolas en lo más profundo de su ser.
Mauricio terminó de preparar el último platillo. Mientras Rosalía lo llevaba a la mesa del comedor, no dejaba de llenarlo de halagos.
Una vez que los platos estuvieron servidos, Rosalía preguntó, mirándola con evidente expectativa:
—Hermana, ¿ya se te pasó el enojo con nosotros?

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