Sabrina se quedó perpleja.
—No.
Ni siquiera sabía de dónde había salido esa mujer, ¿cómo iba a conocerla?
—Pues te gusta mucho jugar a la defensora de la justicia —el rostro de Alejandro seguía inexpresivo. Si hubiera que describirlo con una palabra, sería: gélido—. ¿Crees que porque te apellidas Solís no voy a ajustar cuentas contigo?
—...
El agarre le dolió tanto que tuvo que forcejear un buen rato para liberarse.
Mientras se frotaba la muñeca, maldijo mentalmente a ese desgraciado mil veces.
Replicó con rabia:
—¿Y qué si lo hago? No me vengas con que no te atreves a hacerme nada. ¡Espérate, ahora mismo voy a buscar a tu futura esposa para que te enseñe una lección!
Sabrina le gritó con todo el orgullo del mundo, e incluso lo fulminó con la mirada.
Y entonces, se dio la vuelta.
Y salió corriendo.
Hay que saber cuándo retirarse. Al conocer a Alejandro tan bien, sabía perfectamente cuándo no debía provocarlo.
Solo que... ¿Acaso este tipo no tenía tacto? No sabía tratar a una mujer en absoluto.
Sabrina caminó soltando maldiciones durante un buen rato, hasta que por fin vio a la mujer parada en la puerta de un área VIP.
Estaba de espaldas a ella, sosteniendo en sus manos una... ¿corbata?
Se acercó un poco más.
El hombre dentro de la sala estaba sentado en un taburete. Llevaba un traje casual y una camisa color vino con el cuello desarreglado. La corbata colgaba peligrosamente de su cuello, como si fuera una correa que Valeria sostenía en su mano.
Sabrina lo reconoció al instante. Era una de las estrellas más populares del momento, ¿cómo se llamaba?
Ah, claro.
Tomás Quiroga.
Chasqueó la lengua contra los dientes y clavó una mirada llena de admiración en Valeria.
Esta mujer sí que era brava.
Tomás estaba sentado con actitud perezosa, e incluso se había puesto un cigarrillo en la boca. *Clic*. El encendedor soltó una llama azul y verde.
La luz iluminó sus facciones perfectas. Se veía guapo y desafiante.
—Dije que no voy a ir. ¿Acaso me vas a comer vivo?
—...
Esa actitud tan arrogante hizo que a Sabrina le dieran ganas de golpearlo.
Valeria, por su parte, no mostró gran reacción. Su voz fue monótona:
—Comerte no, pero ¿me creerías si te digo que puedo meterte en un saco y molerte a golpes?

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