Alejandro soltó una carcajada, pero era tan fría que congelaba hasta los huesos.
—Si no me crees, ponme a prueba y veremos si no termino lanzándote al río para alimentar a los peces.
No necesitaba pensar mucho para deducir que esa mujer había llegado a algún tipo de acuerdo con el anciano.
¿Y qué más podría ser? Se trataba de él.
Pero, hasta ese momento, Alejandro estaba seguro de que ella no podría causar muchos problemas.
El matrimonio ya era un hecho.
El anciano debería estar tranquilo por un buen tiempo.
Fueron a dejar a Valeria a su departamento. Al llegar, escuchó la voz profunda y gélida del hombre.
—Empaca tus cosas. En la tarde, Santiago vendrá a recogerte.
El ceño de Valeria se movió ligeramente.
—¿Vamos a vivir juntos?
—Sí.
El hombre respondió con una sola palabra y no dijo más.
Valeria esperó a que el auto se alejara antes de subir, recordando de pronto que su acta de matrimonio se había quedado en el vehículo.
Pero no le dio mucha importancia. Seguramente Santiago la guardaría al verla.
No tenía muchas cosas, a lo sumo un par de maletas con ropa.
Aparte de eso, solo tenía un osito de peluche blanco.
Ese peluche la había acompañado durante muchos años, pero estaba tan bien cuidado que parecía nuevo.
Valeria abrazó al peluche, rodó por el sofá y dijo en voz alta:
—Felicidades, encontraste un buen partido que nos mantenga.
La sala vacía y silenciosa no le dio respuesta.
Después de jugar un rato, se dio un baño.
Al mudarse a una nueva casa, por supuesto que tenía que estar radiante y fresca.
Antes de llegar, Santiago la llamó para preguntar si necesitaba ayuda.
—Ya empaqué todo. Puedes venir directamente.
En menos de veinte minutos, Santiago apareció en la puerta.
—Señorita.
—Vamos.
Valeria echó un último vistazo al departamento y cerró la puerta.

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