Doña Luisa bajó la cabeza, arrepintiéndose al instante. Sabía que había hablado de más.
Pero lo dicho, dicho estaba, y no podía dejar la frase a medias. Así que, armándose de valor, continuó:
—La señorita Garza a veces tenía problemas con su familia y se quedaba aquí un par de días... ¡Pero no se preocupe, señorita! Ella y el señor dormían en habitaciones separadas. Aquí ella tiene su propio cuarto.
—Ah, ya veo.
Venía a quedarse de vez en cuando y tenía su propia habitación.
Y solo venía cuando peleaba con su familia...
Parecía que Aitana Garza, en efecto, era alguien muy especial para él.
—No pasaría nada si durmieran en la misma habitación, el pasado es el pasado. Doña Luisa, preparemos una sopa ligera para más tarde —dijo Valeria con una sonrisa, mientras seguía limpiando las verduras.
Doña Luisa soltó un suspiro de alivio en silencio y volvió a maravillarse.
La señorita Valeria tenía un carácter excelente y, además, era hermosa. Hacía la pareja perfecta con el señor.
A las siete de la noche, el sonido de un claxon se escuchó en el patio.
Valeria se asomó. Alejandro probablemente había ido a inspeccionar algún proyecto ese día, porque llegó conduciendo una camioneta blanca, cuyas llantas estaban salpicadas de barro amarillo.
El hombre bajó del vehículo y ella apartó la mirada.
En el recibidor, los largos dedos de Alejandro se deslizaban por el zapatero. Sus movimientos parecían lentos y pausados, pero la realidad era que, al no poder ver, dependía de la inercia y el tacto.
Valeria dio dos pasos rápidos, sacó sus pantuflas y se las puso en el suelo.
El hombre se detuvo, y su mirada profunda y vacía se dirigió exactamente hacia ella.
Valeria se encogió de hombros con una sonrisa.
—Soy tu esposa, hacer este tipo de cosas es mi deber. La próxima vez puedes pedírmelo directamente.
Tal vez por aversión a la palabra esposa, Alejandro frunció el ceño instintivamente mientras se cambiaba los zapatos.
Comenzó a caminar, y la mujer a su lado lo seguía de cerca. Su voz alegre y apasionada resonaba como un pajarillo en pleno verano, parloteando sin parar.
—Doña Luisa y yo ya preparamos la cena. Me dijo que te encantan las costillas al ajo, así que intenté hacerlas. En un momento las pruebas.
—¿Te vas a bañar ahora? Mejor comemos primero y te bañas después. Solo lávate las manos por ahora.
—Alejandro...
De repente, el hombre se detuvo en seco, y Valeria hizo lo mismo.
Con las manos en la espalda y el cuerpo ligeramente inclinado hacia adelante, su actitud vivaz era simplemente perfecta.
—¿Qué pasa?

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