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Quiere Mi Corazón, Me Caso con Ciego Rico romance Capítulo 99

El peso repentino hizo que el hombre soltara un gruñido ahogado. Alejandro abrió los ojos, y por una fracción de segundo, sus pupilas oscuras destellaron con una furia contenida.

—¡Soy yo! —Valeria temió que si no hablaba rápido, él terminaría tratándola como a un ladrón.

Apoyó ambas manos en su firme pecho y habló con voz suave.

—Alejandro, vine a despertarte.

Él no se movió. Sus ojos, profundos como abismos, parecían capaces de absorberlo todo. A esa cercanía, podía percibir claramente el aroma de la mujer. No era una fragancia empalagosa, era un olor único.

Pasaron unos segundos.

—¿Qué estás tocando? —preguntó él con voz ronca.

Valeria no se sintió avergonzada por haber sido descubierta. Incluso, volvió a frotarle el pecho con descaro.

—Se siente muy bien.

...

A Alejandro le tembló el párpado.

—¡Levántate!

—Te llamé y no despertaste, ¿y ahora me gritas?

Murmuró Valeria mientras se apoyaba en él para incorporarse.

—¿De qué color quieres vestirte hoy? ¿O prefieres que yo te combine la ropa? Aunque con ese cuerpo, cualquier cosa te quedaría espectacular.

Alejandro se sentó al borde de la cama, apoyando una de sus hermosas manos sobre la frente, como si estuviera lamentando algo.

Después de un buen rato, preguntó:

—¿Dónde está Santiago?

—Ah, abajo.

—¡Dile que suba de inmediato!

Por supuesto que Valeria no iba a llamarlo. Había dicho que se encargaría, y cumpliría su palabra costara lo que costara.

Se cruzó de brazos, con los ojos brillando de diversión.

—¿Para qué gritas a primera hora de la mañana? Cualquiera que te escuche pensaría que el señor Silva está frustrado por falta de acción.

El rostro del hombre se enfrió mientras la miraba.

—No te preocupes, tengo muy buen gusto.

Valeria empezó a argumentar con total seguridad:

—Antes necesitabas a Santiago porque vivías solo. Pero ahora me tienes a mí, soy tu esposa.

El hombre permaneció en silencio.

Y el que calla, otorga.

—Tú ve lavándote, yo te escojo la ropa. ¡Vuelvo enseguida!

—Tú...

—¡Lárgate!

—Ya voy.

Me voy, pero ¿por qué gritas?

Al escuchar cómo se cerraba la puerta, Alejandro se masajeó el puente de la nariz. Por primera vez se cuestionó si se había equivocado al tomar esa decisión.

Pero si no hubiera llevado una mujer a casa, el abuelo le habría causado un sinfín de problemas.

Solo que esta mujer era... demasiado ruidosa.

Se quitó la ropa de dormir, dejando al descubierto su amplio pecho. Los marcados y perfectos músculos eran simplemente deslumbrantes, una visión que aceleraba el pulso.

Camisa, pantalón de vestir, saco.

Se puso cada prenda y, en el momento preciso, una mano se acercó a él desde un lado.

—Hoy no llevarás corbata, yo me encargo.

La mirada de Alejandro se oscureció, y su expresión se volvió tan fría como el hielo.

Valeria fingió no darse cuenta. Acomodó el pañuelo de seda con destreza y luego observó su obra maestra de arriba a abajo.

—Mmm, bastante guapo.

Ella solo llevaba puesta una sencilla ropa de estar en casa, con un suéter ligero sobre los hombros.

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