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Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico romance Capítulo 103

Al día siguiente, Elena se levantó a desayunar.

Después de servirle el plato, la señora Ruiz le dijo:

—Señora, el señor dijo que puede ir a trabajar, pero que si esta noche no vuelve a casa, él mismo presentará su renuncia por usted.

Elena tuvo que respirar hondo para tragarse el coraje.

Al terminar de desayunar, pidió un taxi y se fue al Grupo Vargas.

Terminó sus pendientes justo al mediodía. Después de comer, le marcó a Isabel.

—Isabel, me voy a ir con todo contra Diego, tope donde tope.

—¿Qué pasó? —preguntó Isabel, sorprendida—. ¿Ese infeliz volvió a buscarte?

Elena soltó una risa amarga.

—El muy cínico quiere tenerlo todo, quiere tenerme encerrada en la casa, pero no se la voy a dejar tan fácil. Tengo pruebas de cómo me arrastró a este matrimonio con engaños. Si las hago públicas, le voy a arruinar la reputación y el Grupo Romero también va a salir raspado. Ya no estoy dispuesta a aguantarle nada.

A Isabel le preocupaba que, al hacer eso, provocara a la familia Romero y quisieran vengarse.

Sin embargo, Elena había perdido a su bebé por culpa de Diego y había sufrido demasiado. Si seguía aguantando, iba a terminar perdiendo la cabeza.

Sin importar las consecuencias, la iba a apoyar en todo.

—Está bien, me parece perfecto. Yo te ayudo. Mi novio Joaquín tiene sus contactos; voy a hablar con él para asegurarnos de que mañana todas las noticias de Ciudad Río abran con el escándalo de Diego y Adriana.

En la noche, al salir del trabajo, Elena regresó a la casa de Diego.

La señora Ruiz la recibió con una sonrisa cautelosa.

—Qué bueno que ya llegó, señora. El señor avisó que iba a cenar en la casa, así que preparé un par de platillos extras.

Elena asintió y se fue directo a su recámara.

Diez minutos después, el carro de Diego cruzó el portón de la casa.

Al entrar y ver los zapatos de Elena en la entrada, se le dibujó una sonrisa en la cara.

Cuando la señora Ruiz lo vio, se apuró a sacar la cena.

Diego se cambió los zapatos, entró y preguntó:

—¿Elena ya llegó?

—Sí, está en su cuarto —asintió la señora Ruiz.

Diego entró a la recámara y vio a Elena sentada en el escritorio leyendo un libro.

Se acercó y le puso una cajita sobre la mesa.

—Anoche me porté mal contigo. Por favor, no te enojes. Te traje un regalo.

La expresión de Elena se mantuvo fría y ni siquiera se molestó en voltear a verlo.

Al notarla algo pálida, le preguntó:

—¿Te sientes mal?

Elena acababa de sufrir un aborto, seguía sangrando y el día anterior él la había tratado de forma muy brusca. Era obvio que no iba a tener buen semblante.

Sin embargo, ella no dijo nada y simplemente siguió comiendo en silencio.

Él dio por hecho que estaba cansada y no tenía ganas de hablar, así que no insistió.

En ese momento, le sonó el celular a Diego.

Vio la pantalla y, en vez de contestar, colgó de inmediato.

Pero la llamada volvió a entrar.

Diego la volvió a rechazar.

Elena, sabiendo perfectamente que era Adriana, le dijo con total indiferencia:

—¿No vas a contestar? En una de esas es una urgencia.

Diego rechazó la llamada por tercera vez.

—No hay nada más importante que tú. Esta noche es solo para ti.

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