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Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico romance Capítulo 105

Elena sabía que los Romero eran unos sinvergüenzas, pero no imaginó que llegarían a tanto.

Apretando los dientes, respondió:

—Yo nunca quise colgarme de la familia Romero. Si hubiera sabido que su matrimonio era una farsa, jamás me habría metido con él. Además, ni siquiera quería hacerlo público; fue él quien me obligó al no dejarme en paz y negarse a dejarme ir.

Lucía simplemente no lograba comprenderla.

Para ella, alguien con orígenes tan humildes como Elena no tenía derecho a darse tantos aires de grandeza.

Para Lucía, una mujer como Elena debía saber cuál era su lugar y comportarse en consecuencia.

Lucía sacó un cigarro de su cajetilla y lo encendió.

Entre el humo, habló con toda la calma del mundo:

—En ese caso, ponle un precio. ¿Cuánto cuesta tu dignidad? Lo único que quiero es que te quedes al lado de mi hermano sin armar escándalos. Deberías saber que, a menos que mi hermano se aburra de ti, tú no tienes voz ni voto para dejarlo. Diego es el único hombre de la familia Romero, y como su hermana mayor, me voy a asegurar de que tenga todo lo que quiera.

—¿Y si lo único que quiero es alejarme de él?

Lucía la miró confundida:

—¿Te parece poco ser la mujer de mi hermano? Eres una malagradecida. ¿Tienes idea de cuántas mujeres estarían dispuestas a ocupar tu lugar?

Elena la miró con sarcasmo:

—¿Y eso a mí qué me importa? Ahora mismo solo quiero deshacerme de él y hacer mi vida. Tal vez pudiste detenerme esta vez, pero a la próxima no será tan fácil.

Lucía no se molestó. Siguió tan campante, como si su amenaza no valiera nada:

—Elena, piensa en tu abuela y en tu tía... Sabes muy bien que, para la familia Romero, deshacerse de alguien no cuesta nada.

El rostro de Elena palideció al instante, pero hizo un esfuerzo por mantener la compostura:

—¿Acaso piensas hacer algo ilegal?

Elena salió de la cafetería.

Su celular vibró.

Era un mensaje del banco.

Lucía, efectivamente, le había depositado cinco millones de pesos a su cuenta.

Soltó una risa amarga. Había sido demasiado ingenua.

***

En la noche, Diego fue a la casa de la familia Castillo para una cena familiar.

Adriana llevaba un vestido blanco y se había arreglado y maquillado con mucho esmero.

Pensó que Diego le diría algo al verla, pero desde que llegó lo notó distraído, y eso la hizo fruncir el gesto con descontento.

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