Elena sabía que los Romero eran unos sinvergüenzas, pero no imaginó que llegarían a tanto.
Apretando los dientes, respondió:
—Yo nunca quise colgarme de la familia Romero. Si hubiera sabido que su matrimonio era una farsa, jamás me habría metido con él. Además, ni siquiera quería hacerlo público; fue él quien me obligó al no dejarme en paz y negarse a dejarme ir.
Lucía simplemente no lograba comprenderla.
Para ella, alguien con orígenes tan humildes como Elena no tenía derecho a darse tantos aires de grandeza.
Para Lucía, una mujer como Elena debía saber cuál era su lugar y comportarse en consecuencia.
Lucía sacó un cigarro de su cajetilla y lo encendió.
Entre el humo, habló con toda la calma del mundo:
—En ese caso, ponle un precio. ¿Cuánto cuesta tu dignidad? Lo único que quiero es que te quedes al lado de mi hermano sin armar escándalos. Deberías saber que, a menos que mi hermano se aburra de ti, tú no tienes voz ni voto para dejarlo. Diego es el único hombre de la familia Romero, y como su hermana mayor, me voy a asegurar de que tenga todo lo que quiera.
—¿Y si lo único que quiero es alejarme de él?
Lucía la miró confundida:
—¿Te parece poco ser la mujer de mi hermano? Eres una malagradecida. ¿Tienes idea de cuántas mujeres estarían dispuestas a ocupar tu lugar?
Elena la miró con sarcasmo:
—¿Y eso a mí qué me importa? Ahora mismo solo quiero deshacerme de él y hacer mi vida. Tal vez pudiste detenerme esta vez, pero a la próxima no será tan fácil.
Lucía no se molestó. Siguió tan campante, como si su amenaza no valiera nada:
—Elena, piensa en tu abuela y en tu tía... Sabes muy bien que, para la familia Romero, deshacerse de alguien no cuesta nada.
El rostro de Elena palideció al instante, pero hizo un esfuerzo por mantener la compostura:
—¿Acaso piensas hacer algo ilegal?
Elena salió de la cafetería.
Su celular vibró.
Era un mensaje del banco.
Lucía, efectivamente, le había depositado cinco millones de pesos a su cuenta.
Soltó una risa amarga. Había sido demasiado ingenua.
***
En la noche, Diego fue a la casa de la familia Castillo para una cena familiar.
Adriana llevaba un vestido blanco y se había arreglado y maquillado con mucho esmero.
Pensó que Diego le diría algo al verla, pero desde que llegó lo notó distraído, y eso la hizo fruncir el gesto con descontento.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico
Es una novela que vives en cada fibra, te sientes que formas parte de ella ya que las emociones están al mil, me encanta mucho....